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Dragar no destruye, la desinformación sí

Dragar no destruye, la desinformación sí
Trabajos de dragos. IA

El verdadero riesgo ambiental no es el dragado bien ejecutado, sino los prejuicios que frenan proyectos sostenibles y limitan la competitividad portuaria.

Durante décadas, el dragado ha sido percibido como una actividad necesaria, pero incómoda: esencial para el desarrollo portuario, la navegación y la protección costera, aunque frecuentemente asociada a impactos ambientales, conflictos sociales y controversias regulatorias. Sin embargo, esta visión está cambiando. Hoy, el dragado se posiciona como una herramienta clave para el desarrollo sostenible.

Aun así, cada vez que se plantea un proyecto portuario que involucra dragado, la reacción social suele ser inmediata: preocupación, dudas y, en ocasiones, rechazo. No es casual. Responde a brechas de información y a experiencias pasadas donde proyectos mal ejecutados generaron impactos innecesarios. En contextos donde los manglares tienen un alto valor ecológico y social, esta sensibilidad es legítima.

Pero hay que decirlo sin rodeos: el dragado no es, por definición, una actividad destructiva. Puede serlo si se ejecuta sin rigor técnico. Pero, cuando se hace bien, es perfectamente compatible con la protección ambiental. El verdadero problema no es el dragado, sino cómo se diseña, ejecuta y se llevan los controles adecuados.

Más aún: el verdadero desafío no es el dragado bien hecho, sino la desinformación que paraliza decisiones necesarias. Generalizar que todo dragado es dañino es tan irresponsable como ejecutarlo sin estudios. Esa simplificación ha frenado proyectos que pudieron haberse desarrollado bajo estándares adecuados, generando valor sin comprometer ecosistemas.

El dragado es indispensable para que los puertos funcionen. Permite que los buques operen con seguridad, que las rutas marítimas se mantengan activas y que los países sigan conectados al comercio internacional. En economías con vocación logística, esto no es una opción; es una condición básica de competitividad portuaria y logística.

Porque hay una realidad que rara vez se dice con claridad: los buques no van a donde hay puertos; van a donde hay carga. Y esa carga solo se mueve si existen condiciones operativas seguras, previsibles y eficientes. Sin canales navegables adecuados, simplemente no hay competitividad portuaria posible.

Aquí es donde el estudio de casos deja de ser académico y se vuelve determinante. El dragado de los canales de acceso al Puerto de Guayaquil, que atraviesan zonas de alto valor ecológico, demuestra que es posible mantener la navegabilidad sin afectar la funcionalidad del ecosistema. No es discurso: es evidencia.

Este tipo de experiencias refleja un cambio de paradigma. Hoy, los canales ya no se imponen sobre la naturaleza, sino que se adaptan a ella. Se diseñan siguiendo la dinámica del sistema estuarino, se optimizan los volúmenes de dragado con base en modelaciones técnicas y se gestionan los sedimentos bajo criterios ambientales estrictos. No es teoría; es ingeniería bien hecha.

En esa misma línea, proyectos como Puerto Barú muestran que es posible integrar sostenibilidad desde el diseño. No se trata de evitar el dragado, sino de hacerlo correctamente: con estudios rigurosos, monitoreo continuo y control efectivo. Es el paso de una lógica reactiva —mitigar impactos después— a una lógica proactiva, donde la sostenibilidad se integra desde el inicio.

La conversación pública necesita evolucionar. No se trata de estar a favor o en contra del dragado, sino de exigir que se haga bien. Con estándares claros, con transparencia y con sustento técnico. Rechazar todo dragado no protege el ambiente; puede condenar a regiones enteras al estancamiento logístico y económico.

El mensaje es claro: desarrollo portuario y sostenibilidad no son opuestos. Pueden coexistir. El problema nunca ha sido dragar. El problema es seguir tomando decisiones —o frenándolas— sin entender cómo funciona realmente.

El autor es ingeniero civil e hidrógrafo.


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