En noviembre de 1989 con la caída del muro de Berlín, que dividía el mundo en dos los bloques de poder político y militar, bajo dos concepciones diferentes respecto a cómo administrar el Estado y la economía, se inició la debacle del Estado totalitario y se entronizó la cultura de la libertad, y el libre intercambio de mercancías, ideas, conocimientos y personas. Desde ese momento, la interdependencia de los Estados a través de la economía y el comercio creó un nuevo orden internacional en el que el individualismo bajo el concepto de “soberanía del individuo” marcó pautas de actitudes personales, ciudadanas y socioculturales. La libertad individual se convirtió en un valor supremo en gran parte del mundo. Los cambios promovidos por la tecnología han acelerado el ritmo de vida de miles de millones de ciudadanos. Lo efímero y cambiante es lo “normal”. La instantaneidad y la impaciencia forman parte del diario vivir. Algunos llaman a esta época actual la “ultramodernidad” o “hipermodernidad”, donde lo único que no cambia es el constante cambio: es la cultura del uso y desecho. Se vive en “tiempo psíquico” de lo rápido y efímero, del goce consumista. Lo material predomina sobre lo espiritual, lo comercial sobre los valores y el “éxito” narcisista mediático sobre el esfuerzo individual auténtico.
Un factor que ha sido crucial en la irrupción de esta nueva era de la “globalización y el individualismo soberano” lo constituye la nueva “utopía digital”; en su versión radical, la tecnología digital es la solución y el fin de todo asunto humano. La dispersión de las tecnologías militares y su promoción comercial ha transformado al ser humano contemporáneo y por tanto ha moldeado su psiquis y su ethos. La sociedad tecnificada evoluciona incesantemente y desborda la capacidad del cerebro humano de asimilar la avalancha de datos e información del día a día. También hay un efecto en la naturaleza de las interacciones humanas y en funciones neurocognitivas como memoria y aprendizaje.
El crecimiento exponencial de la red de información, la llamada world wide web, la instantaneidad en el acceso a la misma a un bajísimo costo ha propiciado otear mórbidamente en la vida íntima de cualquier persona o institución. La vida de “los grandes, famosos y poderosos” es más accesible hoy día. Los pequeños y grandes pecados o fallas de instituciones emblemáticas y de personalidades a nivel mundial, revela sus imperfecciones con suma naturalidad, muchas veces cargadas de exageraciones producto de la manipulación mediática. Esto trae desilusión en quienes depositan su confianza y tienen como referente a los mismos. Se entroniza una suerte de relativismo moral y debilitamiento del razonamiento ético y la frustración es una variable omnipresente.
Mario Vargas Llosa, premio Nobel de 2010, describe en su ensayo La civilización del espectáculo los efectos que en nuestra cultura ha tenido la irrupción de las tecnologías de la información. Su manipulación y sofisticación ha permitido la creación de líderes falsos y efectos poco estudiados principalmente en niños y adolescentes. Según el laureado escritor, “la banalización de las artes y la literatura, el triunfo del periodismo amarillista y la frivolidad... convierte en bien supremo nuestra natural propensión a divertirnos”. La cultura actúa más como mecanismo de distracción y entretenimiento en nuestro mundo contemporáneo. Se enseñorea el exhibicionismo digital de estilos de vida personal y una tendencia a construir la identidad y autoestima en base a la aceptación de las comunidades virtuales.
La digitalización y otras formas de artefactos y técnicas computacionales llegaron para quedarse; pero es curioso anotar que los empleados de “La Meca de la era digital”, es decir, Sillicon Valley, educan a sus hijos sin artefactos tecnológicos durante parte de la edad escolar. No se puede construir una sociedad exitosa sin mirar las adaptaciones de estos avances a las necesidades humanas.
El autor es médico psiquiatra.