En el último siglo, Panamá ha conocido una acelerada devastación de sus bosques debido a actividades humanas. Por un lado, el crecimiento de la mancha urbana, caracterizada por la impermeabilización con concreto, ha cambiado flujos hidrológicos y contaminado aguas superficiales y subterráneas, que a su vez impactan las zonas marino-costeras. Por otro, la agricultura de monocultivo ha transformado miles de hectáreas de bosques en áreas con mínima biodiversidad, mientras el uso de herbicidas, pesticidas y fungicidas contaminan los suelos, el agua y el aire.
Las actividades pecuarias (principalmente la ganadería) también han transformado otros miles de hectáreas en espacios sin biodiversidad y desplazado innumerables especies. Adicionalmente, genera significativas emisiones de gases de efecto invernadero (la flatulencia de vacas y toros es un significativo emisor de metano), compacta los suelos que reducen su capacidad de infiltrar agua al subsuelo, y contamina aguas superficiales y subterráneas. Y, en años recientes, la minería a cielo abierto se ha sumado a las actividades devastadoras de bosques de nuestro país, con otros miles de hectáreas impactadas severamente.
Las imágenes satelitales de Panamá revelan el orden de magnitud de la devastación causada por estas actividades. Las “manchas” verde oscuro, de bosques altamente biodiversos, solo se observan en pocas regiones del territorio nacional. Un debate sincero sobre las actividades que impactan nuestro medioambiente no puede ignorar las formas en las que hemos llevado a cabo nuestras actividades productivas agropecuarias, nuestra obsesión con la carne, y la mala planificación urbana. Para reducir nuestra vulnerabilidad a la amenaza del cambio climático es imperativo adoptar un modelo de desarrollo que tenga como finalidad la restauración de suelos y su biodiversidad.
El bienestar de los panameños y panameñas sería impactado positivamente al exigir agricultura regenerativa como modelo de producción, y bioclimática como modelo de desarrollo sostenible. La adopción de un modelo de desarrollo ecológicamente sensitivo para nuestra actividad agropecuaria guiaría a Panamá hacia una seguridad alimentaria; estabilizaría nuestros ecosistemas y sus servicios (purificación de agua y aire); añadiría sumideros de gases de efecto invernadero; reduciría significativamente los impactos negativos hacia los sistemas marino-costeros, y apoyaría a nuestra industria de turismo. Cuando se habla de devastación ecológica, no se puede ignorar al elefante en el cuarto.
El autor es doctor en oceanografía química y vicepresidente de Ciencia en Panamá
