¿Estamos formando ciudadanos capaces de sostener la economía que presumimos?
Panamá se enorgullece —y con razón— de ser una de las economías más dinámicas de la región. Crecemos, atraemos inversión, nos proyectamos al mundo. Pero la pregunta que me inquieta es otra: ¿estamos formando ciudadanos capaces de sostener esa economía a largo plazo?
Hace unos días leía varios artículos científicos y financieros que despertaron en mí una reflexión incómoda. Uno de ellos señalaba que la Generación Z, en promedio, no supera a los millennials en coeficiente intelectual y, además, presenta mayores índices de fragilidad en salud mental, ansiedad y menor estabilidad laboral. Más allá de convertir esto en una competencia generacional, lo que me preocupa es el síntoma: estamos criando generaciones con mayores niveles de estrés, menos resiliencia y, en muchos casos, menor preparación estructural para enfrentar entornos complejos.
Si esa es la generación que pronto tendrá en sus manos decisiones económicas, empresariales y sociales, ¿estamos realmente listos para lo que viene?
Otro artículo que captó mi atención hablaba de Suiza. No por sus Alpes ni por sus paisajes impecables, sino porque siete de cada diez ciudadanos son millonarios en términos patrimoniales. Lo verdaderamente revelador no es la cifra, sino el sistema que la sostiene: educación financiera desde la infancia, cultura de ahorro estructurada, planificación a largo plazo y un entorno fiscal atractivo que fomenta inversión y estabilidad. Allí la riqueza no se ostenta, se administra. No se improvisa, se planifica.
Y entonces, inevitablemente, comparo.
Nosotros hablamos de crecimiento económico, pero ¿hablamos con la misma intensidad de educación financiera en nuestras escuelas? ¿Estamos enseñando a nuestros jóvenes a manejar activos, a invertir, a pensar estratégicamente? No solo me refiero a lo que emana del Meduca, sino a la educación que nace en casa. Esa que transmite no solo valores, sino también miedos, creencias limitantes y patrones aprendidos que muchas veces perpetúan una mentalidad de supervivencia más que de construcción patrimonial.
Confieso que no he profundizado en las últimas reformas curriculares del país. Tal vez porque me he acostumbrado a ver cambios que parecen más maquillaje que transformación estructural. Reformas que no marcan un norte claro hacia el cómo, el cuándo y el por qué educamos como educamos.
El verdadero problema no es que nuestra economía crezca. El problema es si nuestra base humana está creciendo al mismo ritmo.
Con bajos niveles de educación financiera, estándares educativos poco actualizados y generaciones que enfrentan altos niveles de ansiedad y fragilidad emocional, la pregunta no es si podemos atraer inversión extranjera. La pregunta es si podremos sostenerla.
Tenemos recursos. Tenemos ubicación estratégica. Tenemos potencial. Lo que parece faltar es coherencia entre el modelo económico que aspiramos y el modelo educativo que practicamos.
Fallamos cuando no definimos un camino claro. Fallamos cuando delegamos todo al Estado y olvidamos el rol formador de la familia. Fallamos cuando estamos demasiado ocupados para acompañar, orientar y formar carácter. Fallamos cuando dejamos de enseñar disciplina, visión y responsabilidad financiera.
No se trata solo de crecer como país. Se trata de formar personas capaces de administrar ese crecimiento con estabilidad, inteligencia y propósito.
Porque una economía fuerte sin ciudadanos preparados no es fortaleza. Es fragilidad postergada.
La autora es maestra y escritora.
