El debate público surgido en torno a la incorporación de contenidos de metalurgia en la asignatura de química para duodécimo grado no debe analizarse de manera aislada ni fragmentada. Reducir la discusión a un tema puntual del currículo equivale a perder de vista la dimensión estratégica que tiene la educación en la construcción de un proyecto nacional. La pregunta de fondo no es si un contenido específico debe incluirse o no, sino qué tipo de ciudadano y qué tipo de país aspiramos a formar en el siglo XXI.
Panamá ha desarrollado históricamente una economía apoyada en servicios logísticos, el sistema portuario, el Canal interoceánico, el comercio y el turismo. Estos sectores han sido pilares fundamentales del crecimiento nacional. Sin embargo, la existencia de tales fortalezas no excluye el derecho soberano del país a conocer, estudiar y evaluar el potencial de sus recursos naturales. Un Estado responsable no puede renunciar al conocimiento técnico sobre su propio territorio. Comprender los procesos metalúrgicos, geológicos o energéticos no implica promover una actividad extractiva indiscriminada; implica formar criterio científico para decidir con responsabilidad.
La educación científica moderna no puede limitarse a la memorización de fórmulas ni a prácticas de laboratorio desconectadas de la realidad productiva y ambiental del país.
La enseñanza debe vincular teoría y contexto, promoviendo el aprendizaje activo mediante la observación, la formulación de hipótesis, la experimentación y el análisis de resultados. Solo así se desarrollan competencias como el pensamiento crítico, la capacidad de evaluación de riesgos y la comprensión de impactos ambientales.
Formar estudiantes con conocimientos básicos sobre metalurgia, minería o aprovechamiento de recursos naturales no equivale a inducir una postura oportunista e ideológica. Por el contrario, permite que los jóvenes comprendan mejor los debates nacionales relacionados con sostenibilidad, regulación ambiental, desarrollo económico y justicia social. La ausencia de conocimiento técnico genera desinformación y polarización; la presencia de conocimiento fortalece la deliberación democrática.
La experiencia internacional demuestra que es posible integrar el estudio de los recursos naturales en los planes de formación científica sin sacrificar la sostenibilidad. Países con economías diversificadas han incorporado contenidos relacionados con minería, energía y medio ambiente, acompañados de rigurosos marcos regulatorios y una sólida educación en ética ambiental. El conocimiento técnico se convierte en una herramienta de gobernanza responsable y no en una amenaza para la conservación.
El verdadero desafío, por tanto, no radica exclusivamente en el contenido curricular, sino en la calidad de su implementación. Esto implica capacitación docente continua, actualización científica, acceso a laboratorios adecuados y metodologías activas como el aprendizaje basado en proyectos.
Sin un cuerpo docente fortalecido, cualquier reforma curricular corre el riesgo de malinterpretarse o aplicarse de manera superficial.
La escuela debe asumir un rol estratégico en la formación de recurso humano altamente calificado. El país necesita ingenieros, científicos, técnicos y profesionales capaces de analizar datos, aplicar tecnología avanzada y diseñar soluciones innovadoras para los desafíos ambientales y productivos. Esto requiere una base sólida en ciencias desde la educación media, orientada no solo al ingreso a la universidad, sino a la comprensión integral de la realidad nacional.
Elevar el debate significa desplazar la discusión del terreno emocional al terreno técnico. No se trata de minería versus ambiente, sino de conocimiento versus ignorancia, de planificación estratégica versus improvisación. Un país que aspira a consolidar su soberanía económica y ambiental necesita ciudadanos formados en ciencia, con criterio propio y capacidad para participar en decisiones complejas.
En consecuencia, Panamá requiere una reforma educativa integral que articule currículo, formación docente, infraestructura y visión de desarrollo. Solo así la educación científica podrá convertirse en un verdadero motor de transformación nacional, preparando a las nuevas generaciones para enfrentar con responsabilidad y rigor los retos del desarrollo sostenible.
El autor es docente y especialista en ciencias sociales.
