Mis conclusiones preliminares parten de haber escuchado el foro sobre educación organizado en el edificio del Parlacen por el diputado Jorge Bloise, presidente de la Comisión Legislativa de Educación. En el intercambio participaron María Victoria Ángulo, ministra de Educación de Colombia durante el gobierno de Iván Duque (2018–2022), y altos representantes de la OCDE vinculados al diseño y análisis del informe PISA, como Andreas Schleicher, su principal impulsor.
De ese diálogo surgen seis prioridades que no pueden faltar si se aspira a elevar la calidad educativa, cerrar brechas y transformar la productividad del país.
1. Gobernanza con autonomía territorial: menos torre de control, más sistema nervioso
Panamá gestiona la educación como si el país fuera uniforme, cuando en realidad conviven territorios con profundas diferencias en desigualdad, ruralidad y capacidades. Avanzar hacia una mayor autonomía de las regiones educativas —con estándares nacionales claros— no implica fragmentación, sino mayor capacidad de respuesta. Es necesario revisar una concepción hipercentralizada del Meduca, más cercana a una torre de control congestionada que a un sistema nervioso eficiente.
2. Gestión profesional de los recursos: gastar mejor antes que gastar más
El problema no es solo cuánto se invierte, sino cómo se administra, ejecuta y evalúa. Se destinan recursos relevantes, pero no se traducen en resultados proporcionales. La educación no tolera improvisación administrativa ni captura política. Donde debe haber planificación técnica, hay demasiada discrecionalidad. La eficiencia también es una condición pedagógica.
3. El docente como activo estratégico: reclutar, formar y sostener a los mejores
Ningún sistema educativo supera la calidad de sus docentes. Reclutar a los mejores maestros exige elevar estándares de ingreso, fortalecer la formación continua y garantizar acompañamiento. En PISA 2022, solo 16% de los estudiantes panameños alcanzó el dominio de operaciones matemáticas básicas. Singapur lideró con 575 puntos; el promedio OCDE fue 472; Panamá obtuvo 357. Es una alarma estructural.
4. Sistema estadístico robusto e investigación aplicada: gobernar con evidencia
Sin datos confiables, la política educativa navega a ciegas. Es indispensable impulsar un sistema estadístico educativo de altos estándares, interoperable, público y útil para la toma de decisiones. Vincularlo con investigación aplicada permite cerrar el circuito entre aula, política pública y desarrollo productivo. Sin evidencia, la discusión se vuelve viperina; con datos, se vuelve corregible y constructiva.
5. Aprendizaje significativo y resultados
El debate ya no es memorizar o no memorizar, sino qué habilidades personales y cognitivas requiere el trabajo y la ciudadanía. Incorporar tecnología exige metodología, no reflejos prohibitivos. A esto se suman la salud mental, el bienestar digital y la atención a la primera infancia como cimiento del aprendizaje futuro.
6. Soberanía digital escolar: sin conectividad no hay igualdad posible
Solo un tercio de los centros educativos cuenta con conexión a internet robusta. La soberanía digital escolar implica infraestructura, plataformas, datos y competencias bajo criterios públicos, no dependencia fragmentada. Sin conectividad estable, la educación digital es un discurso vacío y la innovación, una promesa desigual.
La negociación inevitable: qué no debe negociarse
Panamá enfrenta una pugna estructural entre gremios y gobierno. La concertación es urgente, pero no todo es negociable.
No debe negociarse: los estándares de calidad, la evaluación basada en datos, la profesionalización docente, la transparencia en el uso de recursos, la conectividad escolar y la prioridad de la primera infancia.
Sí es negociable: el ritmo de implementación, los incentivos, las transiciones y los mecanismos de acompañamiento.
La educación exige negociación política antes, para acordar; durante, para ejecutar; y después, blindaje técnico frente al futuro. La pobreza no es destino, pero tampoco se supera sin método, evidencia y decisiones estructurales.
El autor es periodista, docente y filólogo.

