Cada enero, Las Vegas se convierte en brújula del futuro. El Consumer Electronics Show (CES) ya no es solo una vitrina de gadgets: es el lugar donde los líderes de la tecnología global se reúnen para anticipar el porvenir y enfrentar los grandes desafíos del mundo. Es ahí donde nacen alianzas, se reconfiguran industrias y se lanzan apuestas audaces. Para la educación superior, este evento es clave. Lo que ocurre en CES termina transformando nuestras aulas. Ignorarlo es renunciar a diseñar el futuro.
En la edición 2026, la keynote de Lisa Su, CEO de AMD, dejó un mensaje contundente: la inteligencia artificial ya no es una promesa lejana; es una infraestructura cotidiana. AMD presentó Helios, un rack modular con potencia exaflops, y nuevos chips capaces de llevar la IA desde los centros de datos hasta los dispositivos personales y los hogares. Anunció también una inversión de 150 millones de dólares en educación, así como un hackatón con miles de estudiantes. La era yotta-scale llegó, y con ella la obligación de repensar la formación universitaria desde sus cimientos. Los chips serán el nuevo cemento de la arquitectura educativa.
Esta visión tecnológica dialoga con las ideas de Fernando Valenzuela en su ensayo “Nueve claves y una convicción para entender la educación del 2026”. Valenzuela advierte que el verdadero campo de batalla ya no es la transmisión del conocimiento, sino la evaluación y el desarrollo del juicio. Frente a la aceleración de la obsolescencia de las competencias, propone dejar de pilotear apps sueltas y construir infraestructuras educativas propias: identidad digital, analítica, credenciales verificables y agentes de IA. Si las máquinas ya pueden programar o evaluar, lo que nos hará irreemplazables será la capacidad de pensar críticamente, discernir éticamente y conectar humanamente.
Lo que AMD mostró en el escenario global no fue solo innovación técnica. Fue una advertencia. La IA migrando al dispositivo personal abre dilemas de accesibilidad, privacidad y gobernanza. Las demostraciones en salud y exploración espacial revelan que todas las disciplinas —de la biología al derecho— deberán dominar datos, algoritmos y lógica computacional. Y el interés de la empresa por invertir en talento joven deja claro que el sector privado está listo para apoyar, siempre que las universidades estén listas para responder.
Desde SenecaLab, acompañamos desde hace años a universidades latinoamericanas en este tránsito de la tiza a la nube. Implementamos programas de transformación digital centrados en cultura de datos, virtualización, rediseño curricular, conexión con el sector productivo y formación docente masiva. No impulsamos tecnología por moda, sino ecosistemas de decisión con propósito. Lo visto en CES confirma que la infraestructura ya no es el problema: la urgencia está en el liderazgo y en la acción pedagógica, en traducir tendencias globales en modelos sostenibles de gobernanza, políticas y aprendizaje continuo.
La realidad panameña, sin embargo, expone una brecha inquietante. La pertinencia de nuestra educación superior no puede demostrarse porque no medimos su impacto. Salvo los exámenes de medicina —único referente público y comparable—, el resto de las carreras opera a ciegas. Repetimos mantras sobre calidad y excelencia, pero no sabemos si nuestros egresados están preparados para ejercer, ni cómo está impactando la IA en su formación. En un contexto donde los mayores efectos sobre la empleabilidad recaen en quienes recién ingresan al mercado laboral, ¿cómo vamos a proteger a nuestros jóvenes si seguimos decidiendo a ciegas? Sin datos no hay verdad. Y sin verdad, no hay estrategia. Solo improvisación.
El filósofo Séneca lo advirtió hace siglos: “No hay viento favorable para quien no sabe a dónde va.” Hoy, la educación superior latinoamericana enfrenta una decisión histórica: o diseña su ruta en un océano de inteligencia artificial y conocimientos efímeros, o se deja arrastrar por la corriente.
Mientras los robots aprenden a colaborar entre sí, nosotros seguimos sin ponernos de acuerdo para navegar.
La pregunta ya no es si debemos cambiar.La pregunta —dolorosa y urgente— es si lo haremos a tiempo.
La autora es especialista en innovación educativa y transformación institucional- CEO de SénecaLab.

