En el reciente Índice de Competitividad Global de 2018, se muestra una caída de Panamá de nueve posiciones respecto a la posición del anterior, alejándose del principal referente de la región, Chile. Esta baja de la posición 55 a la 64, nos hace evaluar y no pasar por alto, ya que lo que no mejoramos a lo interno en casa, es aprovechado por otros, que se hacen cada vez más competitivos. Prueba de ello es la cantidad de países que ganan terreno en la región, posicionándose en los puestos previos a nuestro país, como es el caso de México, Uruguay, Costa Rica, Colombia y Perú.
Dentro de esta medición internacional del Foro Económico Mundial, la parte educativa se puede apreciar en la medición de habilidades, dentro de la categoría skills, considerando el gran impacto que tiene la formación para mejorar el mercado laboral, y por lo tanto la productividad de las empresas y el país. Esta medición que genera competitividad en las economías es importante porque dichas habilidades son las que busca el sector empresarial, y son en las cuales la formación educativa debe trabajar, no solo desde el punto de vista técnico, sino también a nivel de tecnología, innovación y también liderazgo.
Necesitamos poner realmente la educación en prioridad, como lo están haciendo los países más competitivos, y eso conlleva tener una mejor inversión y que rinda realmente frutos, porque mientras Chile –puesto uno en el ranking de la región– invierte aproximadamente el 7% de su producto interno bruto, nuestro país ronda el 3%.
La formación educativa es eso, priorizar recursos y establecer metas concretas que contemplen una mayor matrícula educativa en todos los niveles, pero también una disminución en la deserción y en la repetición escolar, para que más alumnos terminen sus estudios y puedan pasar a las empresas. Se debe trabajar de la mano (gobierno y empresa privada) en compartir ideas, conocimientos y experiencias en base a las necesidades del mercado, pensando en el nuevo trabajo del futuro.
Si en algo están de acuerdo empresas extranjeras y locales es que la formación educativa debe venir más enfocada en lo tecnológico, y también en lo creativo. Así como el desarrollo de habilidades blandas, algo muy difícil de enseñar en un puesto de trabajo.
Con la gran necesidad de mano de obra que se requiere para las nuevas carreras del futuro, que demandan innovación, dejando a un lado las carreras tradicionales, deberíamos estar trabajando ya en las escuelas, incluso llevando a los más pequeños y a los jóvenes a las empresas, para que vayan visualizando lo que necesitamos. Es triste cuando en provincias, los niños no conocen las ventajas competitivas de sus comunidades, ni tampoco aquellos motores que impulsan sus provincias.
La mirada hacia dentro demuestra que hay que mejorar. Dentro de la evaluación de formación ocupamos el puesto 85/140 países, alejándonos mucho del principal referente educativo a nivel global, como es Finlandia.
Tenemos que llegar mejorando esa relación educación–trabajo, mejorando esas bajas posiciones que nos califican dentro de la competitividad global. Dentro de dicho pilar entre 140 naciones, ocupamos el puesto 119 en facilidad de encontrar empleados calificados, y 100 en el pensamiento crítico a la enseñanza, y 97 en las habilidades digitales entre la población.
Nuestros centros educativos deben fomentar la tecnología y la creatividad para poder mejorar la formación de nuestro capital humano. Se debe promover mayor participación de las empresas en los centros educativos, y debemos motivar a nuestros jóvenes para que sean críticos con sus realidades, y que desde sus formaciones puedan brindar soluciones a los problemas locales.
El autor es economista, consultor y docente.


