Es una gran falacia pretender que educación es igual a recibir instrucción. Debemos dotar a los estudiantes de las herramientas necesarias para comprender el presente. En un mundo donde motores de búsqueda como Google nos dan información al instante, urge incentivar el fortalecimiento de las habilidades que nos diferencian de las computadoras. Hoy, memorizar no es ni relevante ni suficiente. Están en gran desventaja quienes, a pesar de tener grandes conocimientos, no saben o no pueden funcionar en sociedad.
Cada vez, con mayor frecuencia, se dan a conocer los resultados de los alumnos panameños en pruebas nacionales (Pruebas Crecer) e internacionales, como el Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA), herramientas importantes para diseñar e implementar políticas públicas educativas. Los recientes esfuerzos por promover la aplicación de pruebas nacionales y participar en las internacionales, son una muestra de que Panamá se decide a conocer su realidad educativa. No obstante, no es suficiente medir este tipo de competencias: se requiere considerar una educación integral para que los alumnos, a su vez, tengan la oportunidad de vivir una vida integral. Un cociente intelectual alto no es garantía de nada. Ya se sabe que chicos con mayor resiliencia y autocontrol tienen, en muchos casos, mejores resultados académicos y personales, comparados con sus pares con mayor cociente intelectual.
La Fundación Botín en España ha apostado por incluir la formación emocional como parte del currículo de las escuelas. Al promover la formación en inteligencia emocional y social de docentes, fomentan que trasladen lo aprendido a sus alumnos, quienes profundizarán en el conocimiento de ellos mismos, y de los demás, tomando decisiones responsables y utilizando herramientas para la adecuada resolución de conflictos. Este proceso de autoconocimiento puede permear en las familias, pieza clave en el proceso educativo.
La educación emocional es una asignatura pendiente en el currículo panameño, en la inmensa mayoría de las escuelas. La Unesco propone cuatro pilares fundamentales para la educación: saber ser, hacer, aprender y convivir. Como seres humanos, es indispensable conocernos, entender cómo funciona el cerebro humano, comprender el porqué de nuestras reacciones y emociones. El filósofo Grundtvig, abogaba por una “escuela para la vida”, asegurando que: “comprenderse de verdad a uno mismo constituye el gran objetivo de la razón humana, la culminación de la formación de los seres humanos”. La pregunta a hacerse es ¿de qué vale formar a un profesional si no tiene relaciones sanas, empatía, tacto o autoestima? ¿Qué resultados revelaría nuestro sistema educativo, si adicionalmente a lo académico, promoviéramos y midiéramos otros aspectos indispensables para una formación integral? ¿Disminuirían las deficiencias? ¿Impactaría en la deserción escolar? ¿Habría más personas felices y autorrealizadas?
Estudios recientes nos brindan información invaluable sobre el cerebro humano. Las nuevas tecnologías permiten "observar" la actividad del cerebro en tiempo real, ofreciendo data específica, por ejemplo, de cómo procesa información. Toca aprovechar este conocimiento. Incluir la educación emocional en las escuelas ayudará a formar ciudadanos que conozcan sus emociones y reacciones, que comprendan su origen y que se den la oportunidad de sentir, conectar y expresarse. Todo ello abre la oportunidad de aprender en un ambiente más sano.
La primera tarea del ser humano es conocerse: no se trata de quiénes aspiramos a ser, sino de quiénes somos hoy. A través del autoconocimiento, edificamos esa obra en construcción que somos cada uno. Se trata de una oportunidad de ser, no solamente un buen profesional, sino una persona feliz, balanceada, con relaciones interpersonales sanas y claros propósitos de mejora continua. Después de todo, parafraseando a Platón, ¿qué mejor victoria sino la conquista de uno mismo?
El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación