Educarnos es educarlos

En este mundo moderno, se aspira a insertar a los estudiantes en una vida productiva sin las habilidades necesarias para florecer conectados con el Internet y el acceso a tecnologías nunca imaginadas hasta hace poco. ¿Cómo pretender construir el Panamá del futuro, si en el presente no se nos prepara como protagonistas de este cambio de una manera responsable tomando en cuenta la dimensión y la complejidad de la tarea en el contexto de la Cuarta Revolución Industrial?

Para contestar esta interrogante toca evaluar la visión y metas del Ministerio de Educación. Existiendo los acuerdos del Compromiso Nacional por la Educación, alcanzados a través de un consenso, ¿qué se precisa para hacerlos realidad? ¿Qué se necesita para alcanzar metas agresivas y a largo plazo en nuestro sistema educativo, metas de grandeza y movilidad social para todos?

Para contestar esta pregunta de manera responsable, es preciso analizar estrategias de países que han logrado superarse, a pesar de haber sido escenarios de conflagraciones bélicas y retos. Su ejemplo nos permite entender cómo han logrado ofrecer prosperidad y oportunidades a sus habitantes. Escogimos a Singapur y a Uruguay, por tratarse de países con similitudes a Panamá. Singapur es un país con un área territorial similar a la que ocupa el distrito de Antón en Coclé. Ocupa los primeros puestos en varios indicadores económicos, sociales y educativos a nivel mundial. Uruguay con una economía, territorio y población similares a Panamá, ocupa, entre los países latinoamericanos, el segundo puesto en la prueba PISA 2018, solo precedido por Chile.

Como sociedad debemos cuestionarnos, ¿qué han hecho distinto estos países para conseguir resultados de excelencia en lo económico, social y educativo? Ambos países han sido consistentes en su inversión en educación. También han tenido líderes protagónicos que entienden la necesidad de mejorar la educación de una generación dejando de lado la corrupción, además de haber incrementado la obligatoriedad de la educación hasta el duodécimo grado.

La poca prioridad que históricamente se ha dado a la formación de los panameños se evidencia en los desalentadores resultados en la prueba PISA 2018, ocupando el puesto 71 entre 77 países participantes, solamente superando a países como Indonesia, Marruecos, Líbano, Kosovo, República Dominicana y Filipinas. Los resultados son un termómetro que refleja de manera consistente tanto en Matemática, Lectura y Ciencias, la inadecuada formación de nuestros jóvenes, quienes son víctimas inocentes de la poca mano firme en la implementación de políticas públicas educativas en Panamá.

Lo cierto es que aún cuándo hay estudiantes que son evaluados con 5.0, eso no significa que tengan aprendizajes significativos: en muchos casos acostumbran memorizar fechas y nombres y no a analizar, por ejemplo, en el caso de la historia, los desafíos en la vida de personajes históricos como Victoriano Lorenzo. ¿Dónde quedan las habilidades blandas que finalmente son las que hacen la diferencia en la vida productiva de las personas? En vez de formar el desarrollo del pensamiento crítico, la toma de decisiones, el liderazgo, la comunicación y la resolución de problemas, la educación panameña fomenta la reproducción de datos sin mayor sentido para los estudiantes, que, al final, poco aportan a su formación para toda la vida. ¿Cómo queremos que nuestro país prospere si seguimos con las mismas estructuras educativas de hace más de 100 años? Nuestro sistema de calificaciones fue diseñado en primera instancia en 1928. Ha tenido pocas reformas.

La educación no es solo un derecho consagrado en la Constitución de la República: es la herramienta universal para alcanzar movilidad económica y social. Es el gran nivelador social.

Urge activar los mecanismos necesarios para implementar las buenas prácticas que mejoren nuestro sistema educativo, que han sido la receta del éxito en países como Uruguay y Singapur. Es una meta que podemos lograr, si todos nos convertimos en promotores y protagonistas del cambio educativo; si luchamos contra la repugnante corrupción que se roba el futuro de miles; y si destinamos de manera eficaz recursos humanos y monetarios en educación. Pongamos de primero el presente y el futuro de nuestra niñez y juventud. Eduquémonos para educarlos.

La autora es egresada del Laboratorio Latinoamericano de Acción Ciudadana 2021.


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