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El 9 de enero, entre la playa y la memoria

El 9 de enero, entre la playa y la memoria
Llama Eterna, en el Monumento a los Mártires del 9 de Enero de 1964. Isaac Ortega

El tema de tomar el 9 de enero para ir a la playa, actividad que se ha vuelto tan tradicional en Panamá que un 9 de enero sin playa es como un diciembre sin Teletón, genera opiniones encontradas, al igual que la aplicación de la Ley Seca ese día.

En mi opinión, muy personal y no basada en pruebas empíricas, los principales factores que han convertido la fecha de celebración verdaderamente más panameña en un domingo cualquiera son los siguientes:

1. El paso del tiempo. Actualmente casi no quedan panameños que hayan vivido en carne propia los abusos y el desprecio de los zonians hacia los panameños. La inmensa mayoría de quienes estamos activos no vivimos esa época marcada por la discriminación, el racismo y el menosprecio, tanto de los militares como de los zonians. Nosotros crecimos con una Zona del Canal en proceso de reversión; basta recordar que la base de Río Hato revirtió en 1979. Los “gringos” con los que nos tocó convivir en las décadas de 1970, 1980 y 1990 eran mucho más tolerables que aquellos que miraban a los panameños como seres inferiores entre 1904 y 1970. Yo, en lo personal, tengo buenos recuerdos de un par de GI’s que vivían en mi edificio en los años ochenta. Por esa razón, el significado profundo de la gesta patriótica lo conocemos más por la televisión que por la experiencia vivida.

2. La inmigración. Muchos panameños de hoy son hijos, nietos o bisnietos de inmigrantes que no inculcaron en sus descendientes ese sentimiento nacionalista nacido de la condición de abuso de una “colonia americana”. Y no tenían por qué hacerlo: para ellos, la bandera de las barras y las estrellas no resultaba repulsiva ni era vista como el emblema de una nación invasora. Así, una parte significativa de la población panameña carece de esa memoria histórica heredada que permita dimensionar el valor real de esta fecha.

3. La falta de una cultura nacionalista en la educación. Existe una ausencia de una pedagogía escolar que materialice y transmita la realidad de los primeros sesenta años de presencia estadounidense en Panamá: las intervenciones militares y el control político, social y militar que se nos impuso. Se mencionan las gestas previas, como la siembra de banderas, pero sin narrarlas desde la piel del panameño, sino como un episodio histórico más.

A ello se suma que los voceros del 9 de enero suelen ser tachados de “ñángaras”, antiyankees o izquierdistas trasnochados. En un hemisferio donde esas posturas son vistas como haram, se produce un rechazo inconsciente a exaltar la fecha en su justa dimensión. Resaltar la gesta patriótica del 9 de enero implica recordar una lucha desigual: soldados de Estados Unidos contra estudiantes panameños; balas contra banderas. Nuestra psiquis colectiva, en su afán de no parecer alineada con Cuba o Venezuela, le resta importancia y evita subrayar que un pueblo desarmado se enfrentó al ejército más poderoso del mundo armado únicamente con dignidad y banderas.

Para más inri, la gran mayoría de los bañistas que saturan las playas cada 9 de enero no sabe que, gracias a la sangre de los 21 mártires inmolados en 1964, hoy podemos bañarnos en Amador, Farfán, Kobbe o Sherman.

El autor es abogado.


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