A solo 15 días de haberse firmado nuestra Acta de Independencia de Colombia, fue suscrito en Washington el “Convenio del Canal Ístmico” (18 de noviembre de 1903) mejor conocido como el Tratado Hay-Bunau Varilla, en términos muy desventajosos para Panamá.
Sus 26 artículos fueron campanadas de difuntos anunciando la muerte prematura de la recién nacida república. El primer artículo de ese convenio cedió nuestra soberanía nacional, al convertirnos en un protectorado estadounidense; el artículo 2 creó a perpetuidad la Zona del Canal, enclave colonial que dividió en dos nuestro territorio nacional. Peor aún, la Constitución Nacional panameña de 1904, daba a Estados Unidos de América (EU) el derecho a intervenir “en cualquier parte de la República” (Art. 136) cuando así ellos lo decidieran necesario para garantizar nuestra independencia y soberanía.
Desde entonces surgió el rechazo popular a estas condiciones humillantes de marcada inferioridad para los panameños impuestas por el coloso norteño como requisito para construir el canal de Panamá. A raíz de dicho convenio, a lo largo del siglo XX se dio una larga cronología de intervenciones estadounidense, con su secuela de protestas callejeras y reclamos diplomáticos de nuestra parte, que no toca detallar aquí.
En cambio, sí vale recordar las proféticas y poéticas palabras del insigne patriota Narciso Garay, en nota escrita al gobierno norteamericano en 1921, como protesta a una de esas múltiples e injustas intervenciones: “Mientras palpiten corazones panameños en el mundo, Panamá conservará viva la profunda herida a su dignidad y a su altivez, y mirará con ansiedad hacia el porvenir en espera de esa justicia redentora que hoy se le deniega, pero que llegará para ella algún día por inexorable designio de Dios”.
Hoy tenemos un Canal de Panamá, propiedad de los panameños, bajo plena y absoluta jurisdicción de panameños, mantenido, operado, saneado y protegido por panameños, con una sola bandera flameando sobre todo nuestro territorio nacional.
¿Cómo llegamos a esta feliz circunstancia, entrelazando fechas desde ese infausto 18 de noviembre de 1903 hasta el mediodía del 31 de diciembre de 1999, hora en que recibimos nuestro canal como culminación de los Tratados Torrijos-Carter?
Cabe tener presente que existe una interdependencia de efemérides cumbres para nuestra nacionalidad, episodios que la han fortalecido con coherencia y continuidad. De estos sobresale con justificada razón el 9 de enero de 1964, cuando un grupo de estudiantes del Instituto Nacional trataron de enarbolar la bandera panameña en la asta de la Escuela Secundaria de Balboa, sin lograrlo, hazaña infructuosa que enfrentó a nuestro pequeño país contra EU, coloso mundial del imperialismo occidental.
Los detalles de esa lucha estudiantil y sus tres días de enfrentamientos en Panamá y Colón, con sus 21 muertos y centenares de heridos, son harto conocidos, si bien igualmente olvidados por la mayoría de panameños, por lo cual hoy es urgente y necesario fortalecer nuestra memoria colectiva de esos hechos, para nunca olvidarlos.
Esa gesta fue punto de origen, o “momento constitutivo” según sociólogos e historiadores, de otros procesos políticos y diplomáticos, cuando se pasó de meras revisiones al Convenio de 1903 (como el Tratado Roosevelt-Arias de 1936 y el Tratado Remón-Eisenhower de 1955) a su abrogación total; y del lenguaje simbólico y limitante de banderas conjuntas a una lucha por la total soberanía estatal nacional, mucho más allá del anhelo que la bandera panameña fuera izada en la Zona.
Hoy, al celebrarse el Día de la Soberanía Nacional, es necesario recalcar que es también día de duelo nacional, porque los muertos de esos fatídicos disturbios allanaron el camino para que lográramos tres importantes metas: la unificación territorial de Panamá; la nacionalización de nuestro canal; y la descolonización de la Zona del Canal.
Loor a los mártires del 9 de enero de 1964.
El autor es exfuncionario diplomático
