Hubo un tiempo en que la economía no exigía elegir. En la Europa feudal del siglo XII, nacer determinaba el destino. La tierra no se vendía y el trabajo no se negociaba. No había precios ni mercados. La propiedad cambiaba por la guerra, por decreto o por desastre.
Esa inmovilidad empezó a resquebrajarse en el siglo XVIII, cuando el comercio internacional volvió rentable la lana, la seda y las especias. Los terratenientes británicos entendieron que una oveja valía más que un campesino. Cercaron tierras comunales, expulsaron a los siervos y convirtieron la subsistencia en salario.
La elección llegó, pero llegó como amenaza. Elegir era aceptar un jornal miserable o morir de hambre. Elegir era mercantilizarse.
Ese despojo, recordado como los cercamientos, no fue un detalle histórico. Fue el acto fundacional del capitalismo. Al negar el acceso autónomo a la tierra, el capital dejó de ser un simple medio para mejorar la productividad y se convirtió en poder de mando.
La gran transformación descrita por Karl Polanyi siguió una secuencia precisa: primero la expropiación violenta de los bienes comunales; después, el progreso técnico. No fue la máquina de vapor la que creó el capitalismo. Fue la privatización previa de lo común la que permitió que la máquina de vapor cambiara el mundo.
Hoy somos testigos de una repetición inquietante. La expropiación ya no se dirige a la tierra, sino a Internet. Antes de los buscadores, de las redes sociales y de la inteligencia artificial, existió un espacio digital abierto que funcionaba como bien común. Su privatización silenciosa permitió que surgiera el capital en la nube.
Los avances tecnológicos fueron reales y deslumbrantes, pero llegaron después. Como antes, hubo una clase política complaciente y un saqueo exhaustivo de lo común.
Los algoritmos nacieron para orientarnos. Clasificaban información y sugerían contenidos. El salto decisivo ocurrió cuando dejaron de ser pasivos y se convirtieron en agentes. Para acceder a sus servicios aceptamos un pacto oscuro: entregamos datos, atención e identidad a cambio de personalización.
Desde ese momento, el algoritmo nos vende productos mientras vende nuestra atención a terceros. Algo más profundo sucede entonces. Aprende a predecirnos, a guiarnos, a moldear preferencias y decisiones. Trabajamos gratis entrenando máquinas que extraen renta de nuestra conducta.
Nada de esto es abstracto. La nube es física: servidores, cables, sensores y energía. Tampoco es nuevo el poder de mando del capital. Lo novedoso es la forma de reproducción.
El capital en la nube puede reproducirse sin trabajo asalariado. Lo hace imponiendo a casi toda la humanidad una contribución gratuita y permanente. Por eso, mientras los trabajadores se convierten en proletarios de la nube bajo jefes algorítmicos, el resto nos convertimos en siervos de la nube. Producimos capital con cada clic, con cada desplazamiento, con cada gesto.
La analogía feudal no es retórica. Los grandes intermediarios digitales conceden feudos en la nube. Permiten vender, comunicar o existir en línea a cambio de una cuota y de obediencia. El control ya no requiere alguaciles: basta con borrar un enlace para desaparecer del mercado.
El tecnofeudalismo se sostiene en un tecnoterror aséptico. No hay golpes ni sangre. Hay exclusión instantánea.
La pregunta central no es si esto es capitalismo llevado al extremo. Es si estamos ante otra cosa. Cuando los mercados y el beneficio ceden su lugar a rentas extraídas de plataformas que sustituyen al intercambio, el sistema muta. Y lo hace hacia atrás.
Recupera la lógica del tributo con herramientas futuristas. Cercamos la tierra ayer. Cercamos la red hoy. Mañana cercaremos la mente si no entendemos que el conflicto no es tecnológico, sino político.
El capitalismo se impuso cuando el beneficio venció a la renta. No fue solo una victoria económica, sino también moral. El beneficio se presentaba como recompensa al riesgo y a la innovación. La renta, asociada a la extracción pasiva, quedó relegada.
Nunca desapareció, pero perdió centralidad. Hoy regresa con fuerza bajo la forma de renta de la nube. Para acceder a clientes, todos dependemos de algún feudo digital: fabricantes, poetas, conductores, médicos y vendedores ambulantes.
La promesa de progreso oculta una dependencia estructural.
La crisis de 2008 aceleró este giro. Para evitar una depresión, los bancos centrales inundaron de liquidez al sistema. Lo sensato fue salvar el sistema financiero. Lo absurdo fue rescatar a los responsables y castigar a trabajadores y clases medias con austeridad.
La combinación fue letal. Sin inversión y con demanda deprimida, el dinero barato no reactivó la economía real. Fluyó hacia los activos financieros y elevó su precio.
En ese entorno, los nubelistas pudieron construir imperios sin beneficios, sin préstamos y sin diluir propiedad. Usaron acciones infladas como garantía para expandir infraestructuras, comprar talento y dominar mercados.
Al mismo tiempo emergió un poder financiero paralelo. Tres grandes gestoras de activos pasaron a ser dueñas del capitalismo estadounidense. El socialismo para financieros convivió con la precariedad general.
El resultado fue una mutación del sistema. El ánimo de lucro dejó de disciplinar al capital. La renta ganó terreno. El tecnofeudalismo tomó forma.
En China, la fusión entre capital en la nube y finanzas avanzó más rápido y con apoyo estatal directo. La integración de pagos, comercio, comunicación y vigilancia otorgó a los nubelistas chinos un poder per cápita superior al de Silicon Valley.
La geopolítica cambió. La nueva guerra fría no se explica por ideologías, sino por intereses de clase tecnofeudales.
El tecnofeudalismo contrae salarios y demanda. Extrae renta de miles de millones de siervos de la nube y la concentra en pocos. Ese dinero no vuelve a circular. La base de valor global se estrecha. Las crisis se encadenan.
La policrisis no es un accidente. Es una consecuencia.
Este sistema levanta una barrera poderosa contra la movilización. El aislamiento digital fragmenta a quienes producen valor. Pero también abre una posibilidad inédita: la misma nube que disciplina permite coordinar.
La emancipación exige recuperar lo común. No para destruir la tecnología, sino para gobernarla.
Poseer la mente individualmente requiere poseer colectivamente el capital en la nube. Transformar plataformas de modificación del comportamiento en herramientas de colaboración es una tarea política. No basta con regular. Hace falta democratizar.
La historia enseña que el progreso técnico sin justicia en el acceso a lo común produce servidumbre.
El cercamiento de ayer creó proletarios. El cercamiento de hoy crea siervos.
La salida no está en nostalgias ni en utopías ingenuas. Está en reconstruir lo común en la era digital. De lo contrario, seguiremos trabajando gratis para nuevos señores mientras creemos que elegimos.
Siervos de la nube del mundo: la consigna no es desconectarse. Es organizarnos.
El autor es médico sub especialista.


