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El ADN habla y hace temblar a las familias

El ADN habla y hace temblar a las familias
El objetivo es construir secciones de ADN humano a partir de cero. / Getty Images

El ácido desoxirribonucleico, conocido como ADN, es la molécula fundamental que contiene la información genética de todos los seres vivos. Esta estructura, organizada en forma de doble hélice y compuesta por cuatro bases nitrogenadas —adenina, timina, citosina y guanina— no solo determina las características físicas y funcionales de un organismo, sino que también guarda un registro histórico de la evolución de la vida en la Tierra.

¿Por qué se dice que el ADN desató guerras familiares? Porque su descubrimiento rompió paradigmas sobre el parentesco. Muchas familias descubrieron que algunos hijos, sobrinos o incluso generaciones enteras no tenían vínculos sanguíneos con quienes creían sus padres biológicos. Las pruebas de compatibilidad entre padres e hijos iniciaron una ola de escepticismo en hogares numerosos y tradicionales durante la segunda mitad del siglo pasado. Antes de este avance científico, las familias convivían con normalidad, incluso cuando existía poco parecido físico entre padres e hijos. En muchos casos, el secreto de la paternidad permaneció oculto hasta la llegada de las pruebas de ADN.

A través de su estudio, los científicos han demostrado que todos los seres vivos comparten un pasado común, una de las evidencias más sólidas de la evolución. Este concepto sostiene que todas las especies actuales descienden de ancestros compartidos. La idea fue propuesta inicialmente por Charles Darwin y hoy cuenta con el respaldo de la genética moderna. Al comparar el ADN de distintas especies, se identifican similitudes que revelan vínculos evolutivos. Por ejemplo, los seres humanos comparten entre el 98 % y el 99 % de su ADN con los chimpancés, lo que sugiere un ancestro común relativamente reciente.

Una de las principales formas en que el ADN evidencia ese pasado común es mediante la conservación de ciertos genes. Algunos han permanecido casi intactos durante millones de años debido a su importancia en funciones vitales, como la producción de energía o la reproducción celular. Además, las mutaciones —cambios en la secuencia genética— se acumulan con el tiempo y permiten rastrear relaciones evolutivas entre especies. Estas variaciones funcionan como un “reloj biológico” que ayuda a estimar cuándo dos especies divergieron de un ancestro común.

Los investigadores utilizan esta información para construir árboles filogenéticos, representaciones gráficas de las relaciones evolutivas entre organismos. Estos árboles muestran cómo las especies se diferenciaron a lo largo del tiempo a partir de un origen común. De hecho, se cree que toda la vida en la Tierra proviene de un ancestro universal conocido como LUCA (Last Universal Common Ancestor), un organismo unicelular que vivió entre 3,500 y 4,000 millones de años atrás.

En 1953, James Watson y Francis Crick describieron por primera vez la estructura del ADN. El ADN nuclear está formado por una doble hélice cuyas cadenas permanecen unidas mediante enlaces complementarios. Estas hebras son antiparalelas y complementarias, por lo que, conociendo la secuencia de una, es posible determinar la de la otra.

A finales de la década de 1980, Hagelberg y posteriormente Hänni describieron la extracción y caracterización de ADN humano antiguo. El primero trabajó con tejido óseo y el segundo con dientes procedentes de muestras con antigüedades de entre 150 y 5,500 años. Estos estudios demostraron que el ADN podía recuperarse mediante técnicas de biología molecular en materiales de distinta naturaleza y antigüedad. Los avances en la recuperación de ADN a partir de restos arqueológicos despertaron grandes expectativas en la comunidad científica, aunque inicialmente enfrentaron problemas de reproducibilidad. Sin embargo, la aparición de la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) abrió nuevas perspectivas para este campo de estudio.

El análisis del ADN de restos humanos también ha permitido aportar pruebas sobre el origen de nuestra especie, como la discontinuidad genética entre el hombre de Cromañón y el hombre de Neandertal, además de descifrar parte de la secuencia genética de este último. Asimismo, estos estudios han contribuido a reconstruir las relaciones filogenéticas entre poblaciones humanas y a establecer rutas migratorias desde África hacia la colonización del continente americano.

El autor estudia Periodismo Científico en la Universidad de Panamá.


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