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El agua que olvidamos

El agua que olvidamos
Ilustración elaborada en base a IA sobre el papel del agua.

De niños, era común detenerse a observar cómo la lluvia dibujaba surcos en la tierra, mientras los barquitos de papel seguían la corriente. El aroma de la tierra húmeda y el brillo que la tormenta dejaba sobre plantas y árboles transformaban ese instante en una experiencia compartida, donde comenzaba a germinar un profundo amor por el trópico.

Hoy, camino al trabajo, es frecuente ver cómo el agua cae de los techos y fluye con fuerza sobre superficies impermeables hacia las alcantarillas, muchas veces colapsando el sistema, generando inundaciones y continuando, sin mayor pretensión, su camino hacia el mar.

Normalizar este desperdicio, sin cuestionarlo, evidencia nuestra profunda desconexión con el agua, sus ciclos y su aprovechamiento, aspectos que estamos dejando de lado por falta de alfabetización ambiental. Queda claro que el problema no es la falta de agua, sino cómo la gestionamos. Según el Ministerio de Ambiente, en el Plan Nacional de Seguridad Hídrica 2015-2050 de Panamá, el país cuenta con agua en cantidades extraordinarias, sustentado por una precipitación media anual de 2,924 litros por metro cuadrado.

Restaurar la huella hídrica y sus ciclos es tan importante como reducir las emisiones de carbono. No se trata solo de canalizar o soterrar el agua mediante soluciones hidráulicas, sino de romper ese círculo vicioso y transformar nuestra forma de pensar como sociedad: dejar de privilegiar la infraestructura gris como primera opción y avanzar hacia una gestión integral basada en soluciones de infraestructura verde y azul en todo el territorio.

El desarrollo sostenible de Panamá implica impulsar políticas públicas que reconozcan la resiliencia climática como eje central. Es decir, promover la armonía entre el desarrollo urbano y económico y los ciclos naturales del agua, haciendo énfasis en la sostenibilidad ecológica y la resiliencia ante desastres naturales.

Así lo señala el informe de la COP26, en su recomendación número 6: “Reimaginar los entornos urbanos, el transporte y la movilidad. Promover el diseño urbano y sistemas de transporte sostenibles y saludables, con un mejor uso del suelo, acceso a espacios públicos verdes y azules, y priorizando caminar, el uso de la bicicleta y el transporte público”.

En este contexto, debemos permitir que el agua infiltre el suelo mediante procesos naturales como la capilaridad, que alimenta los acuíferos y mantiene el flujo constante de ríos y quebradas, evitando la vulnerabilidad de los ecosistemas en temporada seca. Asimismo, se reduce la sobrecarga de los sistemas de alcantarillado y se aprovecha la capacidad del suelo para filtrar contaminantes de manera natural.

Todos estos beneficios nos llevan al punto inicial: infiltrar el agua en el suelo es devolverle su capacidad de absorción, almacenamiento y protección del recurso más importante, en lugar de expulsarla lo más rápido posible.

Enorgullecernos de ser un país bendecido con abundante agua dulce y biodiversidad debe ir de la mano con la implementación de estas estrategias. Solo así podremos afirmar, con plena seguridad, que sabemos cuidar y convivir con nuestro recurso más valioso: el agua.

La autora es arquitecta y estudiante de la Maestría en Paisajismo y Gestión Ambiental de la Universidad de Panamá.


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