Todo juego de mesa se caracteriza por tener jugadores, un tablero, fichas, reglas y un árbitro. La única forma en que el juego pueda desenvolverse es que cada uno de estos elementos esté en armonía con respecto a los demás. Para ello, las reglas deben ser aplicadas para todos por igual sin importar el tipo de jugador, y el árbitro debe mantener su imparcialidad y limitarse a cumplir las reglas ya establecidas sin modificarlas a favor o en contra de los jugadores.
Así mismo es la economía de un país, y en este caso la economía de Panamá. Tenemos jugadores quienes son los ciudadanos, un tablero el cual es el país y este a su vez se puede dividir en los diferentes sectores económicos, las fichas son los diferentes factores productivos (trabajo, tierra, capital), las reglas derivan de la institucionalidad, la constitución, las leyes, normas, regulaciones y ordenanzas, y por último el árbitro, que lo componen los agentes burocráticos.
En Panamá lamentablemente el juego no tiene armonía entre sus elementos, lo que lo hace un juego complicado, donde unos ganan a costa de otros y donde debido a las formas y conductas de algunos de ellos, hace que los jugadores se comporten de manera contraria a lo que dicen las reglas. Esto no quiere decir que existen buenos y malos, lo que se refiere es que, dependiendo de las fricciones del juego, se crearán incentivos que obliguen a los jugadores a comportarse y usar sus fichas totalmente distintas a como se esperaría.
Estas fricciones e incentivos negativos son creados en un juego principalmente por dos elementos como son las reglas y los árbitros. En Panamá las reglas del juego son tan extensas, cambiantes y confusas, que su efecto en el comportamiento de los jugadores es, más que gastar horas en descifrarlas y poder cumplirlas, es tratar de ver cómo las evade o como le puede dar “la vuelta” para seguir competiendo o jugando. Esto claramente genera una distorsión dentro de los valores éticos y morales dentro del juego, donde pareciera que se premia al que “juega vivo” y se le favorece por encima de aquel que busca ser honesto y honrado.
Por otro lado, el árbitro en Panamá muchas veces parece no ser siempre imparcial, con ello, crea “atajos” o da ventajas a unos sobre otros, es así como se favorece a ciertos sectores por encima de otros, o no se le aplica las reglas por iguales, ocasionando nuevamente un cambio en el comportamiento de los jugadores a pensar que mientras más amigo del árbitro mejor te irá.
Cuando un juego tiene estas características, sus jugadores más allá de estar pensando en su estrategia para ganar (generar riqueza, innovar y crear empleo) estarán pensando una estrategia para mantenerse en el juego sacando a sus posibles competidores por medio de ver como se favorecen de las reglas y el árbitro o inclusive en ver como lo usan a su favor.
Si queremos que el juego sea un juego de suma, donde todos ganen, y no un juego que sume cero, debemos poder identificar al detonante de las conductas de los jugadores y sus fichas. En Panamá, por medio de diferentes índices y datos, pareciera que el principal problema son las reglas y el árbitro. Por lo que tal vez, la forma en como juegan muchos de sus jugadores no sean sus verdaderas acciones o intenciones, sino que el juego lo obligan a ser así. Por consiguiente, quizás debemos hacer nuevas reglas más claras y sencillas y limitar más al árbitro para tener mejores y nuevos jugadores en el tablero.
El autor es amigo de la Fundación Libertad, economista y estudiante de maestría de Análisis Económico
