Hay algo de lo que se habla poco: la relación entre el alcohol y la salud mental. En la mayoría de los espacios sociales, el consumo se asocia con celebración, relajación o disfrute, pero rara vez se aborda lo que hay detrás de esa copa: un intento, muchas veces inconsciente, de aliviar emociones, acallar pensamientos incómodos o sobrellevar duelos no resueltos.
El problema no siempre empieza con un exceso. A veces comienza con esa cerveza “para relajarse después del trabajo”, que con el tiempo se convierte en una necesidad. El DSM-5 define el trastorno por consumo de alcohol como un patrón problemático que interfiere con la vida personal, laboral o social. Y eso se ve cada día: trabajadores que no rinden porque “la fiesta se alargó”, jóvenes que beben para encajar, adultos que no conciben reuniones sin alcohol y familias fracturadas por un consumo que se disfraza con un “solo fue un par de tragos”.
A nivel psicológico, el alcohol agrava la depresión, la ansiedad y el estrés postraumático, pero sigue siendo una de las sustancias más aceptadas y menos cuestionadas. Si alguien fuma marihuana, se encienden alarmas; pero si alguien bebe cada fin de semana, se celebra. Esa doble moral sostiene un problema cultural que preferimos no mirar, porque el alcohol está tan integrado en la vida social que cuestionarlo parece una exageración.
Cuando alguien desarrolla dependencia, el cerebro cambia su manera de funcionar. El alcohol estimula la liberación de dopamina —el neurotransmisor del placer— y, con el tiempo, el sistema de recompensa se reprograma para depender de esa sustancia. Ya no se bebe para sentirse bien, sino para sentirse “normal”. Además, el alcohol altera el equilibrio neuroquímico: potencia el GABA (que calma) y reduce el glutamato (que activa), generando una falsa sensación de relajación seguida de ansiedad, irritabilidad o insomnio cuando el efecto desaparece.
También se deteriora la corteza prefrontal, región encargada del autocontrol y la toma de decisiones. Por eso, muchas personas saben que el alcohol les hace daño, pero no logran detenerse. La desinhibición, tan celebrada como “diversión”, en realidad es una pérdida del freno interno: se apaga el control y se encienden los impulsos. Así ocurren peleas, accidentes, relaciones sexuales sin protección o conductas agresivas que luego se justifican con el clásico “yo no soy así, fue el trago”.
A esto se suma la memoria emocional: el cerebro asocia el alcohol con alivio, de modo que cualquier estímulo —un olor, un lugar, una reunión— puede detonar el deseo de beber. La dependencia, entonces, no es solo emocional ni conductual, sino un proceso neurobiológico profundo que atrapa a la persona en un ciclo difícil de romper sin apoyo profesional.
Hablar del alcohol como un verdadero riesgo para la salud mental no es moralismo, es prevención. Entenderlo desde la psicología es un acto de empatía: detrás de muchos consumos problemáticos suele haber un dolor, una ansiedad o una inseguridad que buscan anestesia.
Puede parecer un escape inofensivo, pero el consumo de alcohol, con el tiempo, corre el riesgo de convertirse en una enfermedad: cuando deja de calmar y empieza a consumir a quien lo busca.
La autora es psicóloga y periodista.
