Ha finalizado otra gran fiesta de las letras. El balance, sin duda, es positivo: una colmena entusiasta de lectores halló en un solo espacio el multiverso editorial del momento. Sin embargo, tras esos cinco días de efervescencia donde una pléyade de autores presentó sus obras, encabezó conversatorios y dialogó con su público, sobreviene la calma chicha. Apagadas las luces del Centro de Convenciones, los libros retornan al confinamiento de las estanterías en librerías y editoriales, mientras el entusiasmo se diluye quedando solo el eco efímero de las redes sociales.
Es justamente en ese repliegue donde se impone una conversación de país: Panamá no puede permitir que la experiencia literaria sea solo un destello de cada año. Requerimos un punto de convergencia permanente, al menos mensual, donde los escritores panameños proyecten su trabajo democratizando el acceso al pensamiento.
Un libro guardado en la penumbra de un anaquel es solo un objeto en pausa. Si concentramos todo el impulso cultural en un único hito en el calendario, condenamos a nuestro ecosistema creativo a un letargo interrumpido sólo por espejismos.
Esta dinámica continua exige la apertura de nuevos escenarios de encuentro. No se trata únicamente de abrir ventanas de oportunidad a las voces emergentes que refrescan nuestro panorama, sino de sostener la tribuna que merecen nuestros grandes referentes y académicos. Figuras de la envergadura de Manuel Orestes Nieto, Modesto Tuñón, Margarita Vásquez, Rafael Candanedo o Pedro Rivera por citar solo algunos, deben contar con espacios habituales donde su magisterio continúe enriqueciendo el criterio colectivo. Asimismo, nuestros Premios Nacionales de Literatura no pueden quedar relegados a la fotogenia de una velada de gala para luego archivarse en la memoria institucional; hay que revestirlos en todos los foros de la majestad que su trayectoria exige.
En este engranaje, amén del gobierno nacional, los gobiernos locales están llamados a asumir un rol protagónico. Las alcaldías y las juntas comunales, a través de sus direcciones o departamentos de cultura, tienen la responsabilidad histórica de gestar y articular esta descentralización. No basta con organizar eventos aislados justificando el gasto; se requiere la creación, el rescate y la preservación de bibliotecas comunitarias dignas, concebidas no como fríos depósitos de papel bajo una escalera, sino como centros vivos de animación sociocultural. Desde el hogar y la escuela el hábito se siembra y, en consecuencia, los municipios por mandato popular deben garantizar la sostenibilidad de cualquier política pública de lectura.
Imaginemos, entonces, una red itinerante que recorra plazas, centros culturales y escuelas a lo largo de la geografía nacional. Una cruzada que despoje al libro de solemnidades innecesarias y lo integre a la cotidianidad del ciudadano. Para el escritor, significa un canal permanente de subsistencia y diálogo con sus lectores, para el país, la oportunidad de fortalecer la educación nacional.
La solidez en la cultura no se mide por la taquilla de un fin de semana al año, sino por la terquedad con que sus comunidades se reúnen a leer, discutir y reconocerse en sus autores. Es hora de comprometer voluntades y lograr que el andar de los libros se transforme y cambie de rumbo para blindar a nuestros niños y jóvenes de los flagelos del mundo, es una travesía utópica, pero un día dejará de serlo.
El autor es escritor, ensayista y gestor cultural.
