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El arte de gobernar la propia vida: tres exigencias diarias para vivir en paz y con firmeza

El arte de gobernar la propia vida: tres exigencias diarias para vivir en paz y con firmeza
Imagen conceptual elaborada con asistencia de OpenAi.

A lo largo de los años, de la experiencia vivida y de nuestras lecturas, extrayendo los pensamientos que creemos mejores para nuestro bienestar, uno aprende una lección clara: no podemos controlar todo lo que pasa a nuestro alrededor, pero sí podemos ser dueños de nuestra propia vida. Para enfrentar el mundo con tranquilidad y fuerza no se necesitan teorías complicadas, sino una disciplina sencilla basada en tres exigencias básicas: lo que nos pedimos a nosotros mismos, lo que exigimos a los demás y cómo respondemos ante los problemas. Para que esto funcione, hay que llevarlo a la práctica todos los días.

En primer lugar, el compromiso más importante es con uno mismo. Esto exige tres cosas: dominar los impulsos negativos, poner atención a lo que hacemos y usar la voluntad de forma constante. En el día a día, esto significa hacer una pausa de tres segundos antes de responder con rabia o frustración ante un mal momento; esa pequeña pausa frena la mala reacción. Poner atención significa dejar de actuar en piloto automático —es decir, dejar de vivir por pura inercia, distraídos y reaccionando sin pensar— para enfocar la mente en lo que estamos haciendo en el momento: estar presentes en la conversación, en el trabajo o en la decisión que tenemos enfrente. Por último, la voluntad se fortalece con pequeños hechos diarios, como no dejar las cosas para después y cumplir lo que prometemos en los detalles más sencillos.

En segundo lugar, la relación con las demás personas requiere límites claros. Debemos exigir que respeten nuestra manera de ser y, sobre todo, nuestro tiempo. Esto no es orgullo, sino respeto propio. En la práctica, significa mantener nuestros principios sin cambiar de opinión solo para agradar a otros. También implica aprender a decir un “no” educado, pero firme, ante compromisos que no nos aportan y no permitir que la impuntualidad o las interrupciones de los demás desorganicen nuestro día. El tiempo es lo más valioso que tenemos y debemos cuidarlo.

Por último, frente a las dificultades y los imprevistos de la vida, la regla es no permitir que nos hagan un daño que no autoricemos. Los problemas van a llegar sin avisar. La forma práctica de protegernos es separar el problema real de lo que sentimos al respecto. Ante una situación desagradable, debemos usar la razón para verla como un hecho que hay que resolver o como una lección, pero nunca como una tragedia personal. Lo que pasa afuera no lo podemos evitar, pero la tranquilidad por dentro depende de nosotros.

Adoptar estas tres exigencias como un sistema de vida no evita que en algunas ocasiones fallemos en su cumplimiento, pues, como seres humanos, cometemos errores, ni tampoco impide que tengamos problemas. Pero nos da algo mucho mejor: la seguridad de que, pase lo que pase, el control de nuestra vida sigue estando en nuestras manos.

El autor es exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia.


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