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El arte de ir al gimnasio y no morir en el intento

El arte de ir al gimnasio y no morir en el intento
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El gimnasio es ese lugar donde uno paga para sufrir voluntariamente, algo que en otros contextos se llamaría una mala decisión. Uno entra con la ilusión de convertirse en una mezcla entre superhéroe y modelo de portada, pero a la tercera sentadilla ya está negociando con sus rodillas como si fueran acreedores internacionales.

Desde afuera, el gimnasio parece un templo de bienestar. Desde adentro, es una especie de reality show donde todos compiten en silencio: el que levanta más peso, el que suda con más elegancia, el que grita como si estuviera empujando un carro cuesta arriba. Porque sí, hay un momento en que uno descubre que hacer ejercicio también incluye efectos de sonido. No es lo mismo levantar una pesa en silencio que hacerlo con un “¡Uffff!” que retumbe hasta la recepción. Eso, al parecer, aumenta la fuerza en un 20%... o al menos la autoestima.

Luego están los espejos. El gimnasio tiene más espejos que una casa embrujada; sin fantasmas: lo que aparecen son versiones aspiracionales de uno mismo. Uno se mira de frente, de lado, de reojo… y siempre termina encontrando el ángulo exacto para competir en fisicoculturismo. Cinco minutos después, al intentar subir unas escaleras, esa ilusión se desmorona con la dignidad de un flan.

Mencionemos algunos de los muchos personajes que encontramos en el gimnasio. El entrenador motivacional, que cree firmemente que todos tenemos un atleta olímpico atrapado dentro del cuerpo… aunque ese atleta lleve años sin salir ni a trotar. El veterano, que levanta pesas imposibles mientras conversa como si estuviera tomando café. El novato —ese somos casi todos en algún momento— que mira las máquinas como quien intenta descifrar un aparato alienígena: uno se sienta, mueve una palanca, escucha un ruido extraño y reza para no salir catapultado.

El mirón. Ese personaje no está haciendo ejercicio: está haciendo un estudio sociológico en tiempo real. No levanta mancuernas, levanta cejas. Se desplaza lentamente como si estuviera buscando señal Wi-Fi… pero la señal son otras cosas. Nunca se cansa. Puede pasar dos horas “observando la técnica” ajena sin sudar una gota.

Luego está el periodista. Ese sí entrena… la lengua. “¿Cuántas series llevas? ¿Eso para qué músculo es?” Uno entra al gimnasio y sale con una entrevista completa sin saber si hizo pecho o participó en una rueda de prensa. Y, curiosamente, siempre aparece justo cuando uno está a punto de colapsar, como si detectara el momento exacto en que no puedes ni hablar.

Y, cómo no, el sabio universal. Ese que se las sabe todas. No importa si eres nuevo o llevas años: él siempre tiene algo que corregirte. Su misión en la vida es dar consejos no solicitados, especialmente a las jóvenes, con una mezcla de entrenador, filósofo y caballero medieval. Nadie le pidió ayuda, pero él la trae, lista y envuelta.

El vestuario merece un capítulo aparte. Empezando por uno mismo, que estrena sudadera con líneas fluorescentes. Es el único lugar donde la gente camina con una toalla al hombro como si fuera una capa de superhéroe, pero con menos glamour y más prisa. Allí se discuten temas profundos… como la proteína en polvo que promete convertirte en Hulk en tres semanas, o el uso de esteroides, que debe ser usado bajo estricto control médico.

Y qué decir de la música. El gimnasio mezcla ritmos que jamás convivirían en la naturaleza: electrónica, reguetón, una balada dramática… todo diseñado para que uno no piense demasiado en lo que está haciendo. Porque si uno se detiene a reflexionar, se da cuenta de que está levantando objetos pesados para luego volver a ponerlos exactamente en el mismo lugar. Una metáfora perfecta de la vida moderna, pero con más sudor.

Al final, el gimnasio es una comedia involuntaria donde todos somos protagonistas. Algunos levantan pesas, otros levantan conversaciones, y unos cuantos levantan sospechas. Vamos buscando salud, disciplina y un poquito de vanidad… y salimos con agujetas, historias y la firme convicción de que mañana sí vamos a descansar. Hasta que alguien diga “una rutina suave” y volvamos a caer.

Porque el gimnasio no es solo un lugar: es una ilusión colectiva donde el músculo que más se entrena… es la paciencia.

El autor es ingeniero retirado.


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