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El arte perdido de forrar cuadernos

Próximos a iniciar el año escolar 2026, con nostalgia recordamos aquellos tiempos en que nuestros padres se convertían en verdaderos artesanos al envolver los cuadernos. La tarea de buscar el forro adecuado —papel manila o, para los más osados, papel periódico— parecía sencilla, pero para las generaciones actuales estas historias pueden sonar extrañas. Hoy nos hemos acostumbrado a cuadernos cosidos con alta tecnología, diseños de moda e incluso tabletas o laptops escolares. Sin embargo, en aquellos días el arte de forrar un cuaderno traía consigo estrés, adrenalina y, sobre todo, un sentido de responsabilidad casi épico.

Los padres angustiados veían cómo los días para el inicio del año escolar se acortaban y sentían la presión de tener los cuadernos listos y presentables. Como verdaderos artistas o artesanos, elegían forros de colores o diseños, cortaban, doblaban y pegaban con precisión casi obsesiva. Un ritual que, con la sobriedad que dan los años, ahora podemos mirar y decir: “Esto sí era un acto de arte y creatividad”. Me atrevo incluso a afirmar que, en aquellos tiempos, el primer examen no lo pasaban los niños, sino los padres, quienes demostraban su maestría en el arte de forrar cuadernos.

Y si de creatividad hablamos, yo tenía mi estilo particular: me encantaba forrar mis cuadernos con la cartelera de cine que aparecía en los periódicos. ¡Sí, la llena de estrenos y fotos de actores de moda! Mis compañeros me miraban raro, pero yo me sentía un auténtico artista del collage cinematográfico. Por otro lado, recuerdo a un amigo cuyos padres olvidaron comprar papel de envolver. En un acto desesperado y de supervivencia, improvisaron: cubrieron sus cuadernos con papel periódico. Al día siguiente, su cuaderno fue la sensación del salón: todos querían ver las noticias y anuncios viejos pegados en su portada, y él sonreía orgulloso mientras los demás le preguntaban dónde vendían esos cuadernos. Esos pequeños desastres creativos hoy se recuerdan con risa y asombro y, de alguna manera, tienen un encanto casi mágico.

El inolvidable papel manila también merece una mención especial. Había que estirarlo, acomodarlo y rezar para que no se arrugara. Pero, por supuesto, siempre había alguna esquina rebelde que se levantaba en señal de resistencia o un pliegue traicionero que aparecía cuando menos lo esperabas. Forrar con papel periódico, como hizo mi amigo, también requería un equilibrio delicado: demasiado pegamento y se humedecía; muy poco y se deshacía en tus manos. Y la cinta adhesiva, esa heroína silenciosa de nuestros años escolares, estaba siempre presente, dejando hilos rebeldes que nadie sabía cómo quitar sin maltratar la portada.

Más allá del caos y del humor, había lecciones de vida que la modernidad parece haber olvidado. Cada cuaderno forrado era único, un pequeño manifiesto de paciencia, arte, creatividad e identidad. Forrar un cuaderno no era solo una forma de protegerlo; era aprender que la perfección es secundaria, que un poco de improvisación puede convertir lo ordinario en algo memorable y que los errores —esas esquinas dobladas o pedazos de cinta que se despegan— también contaban su propia historia. Hoy los cuadernos llegan listos de fábrica, pero entonces cada uno llevaba consigo historias, risas y pequeños actos de rebeldía que hacían del inicio del año escolar algo realmente inolvidable.

Por eso, en este nuevo año escolar, mientras las mochilas se llenan de libros y utensilios escolares y las aulas de voces, recordemos con cariño el arte perdido de forrar cuadernos. Cada pliegue, cada pedazo de papel, cada hilo de cinta adhesiva era un acto de creatividad, paciencia y resiliencia. Y si tienes la oportunidad, hazlo a tu manera: con papel de periódico o manila. Al final, no es solo un cuaderno; es una obra de arte escolar que deja recuerdos que duran toda la vida.

A toda la comunidad educativa de Panamá, les deseo un feliz y exitoso año lectivo 2026, y que cada cuaderno, cada página y cada recuerdo sigan siendo motivo de inspiración y alegría para nuestros estudiantes y para quienes alguna vez fuimos estudiantes.

El autor es profesor universitario, abogado y periodista.


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