Hay algo que une a la humanidad más que el fútbol, las deudas o el WiFi lento: el ridículo. Todos, absolutamente todos, hemos hecho el oso alguna vez en la vida. Y el que diga que no, probablemente lo está haciendo en este momento, mintiendo con tanta seguridad.
Porque uno puede ser universitario, con maestrías, doctorados y hasta cursos motivacionales de autoestima… pero basta un piso mojado para recordar que seguimos siendo seres humanos torpes con exceso de confianza. Porque hacer el oso no discrimina. Le pasa al rico, al pobre, al inteligente, al influencer, al político, al profesor universitario y hasta al tipo que publica frases motivacionales sobre “mantener siempre la dignidad”.
El ridículo aparece sin avisar. No manda correos, no agenda citas y mucho menos pide permiso. Llega cuando uno se siente más elegante, más digno y más seguro de sí mismo; sobre todo, cuando hay público. Ahí ataca.
Por ejemplo, están las caídas públicas. Uno puede caminar perfectamente durante veinte años seguidos, pero el día que estrena zapatos o intenta verse interesante aparece una baldosa traicionera. Y ahí va uno: piernas al aire, celular volando y la dignidad desintegrándose en cámara lenta.
Lo peor no es caerse. Lo peor es la reacción posterior. Porque el ser humano tiene un instinto absurdo: después de semejante accidente, se levanta rápidamente, mira alrededor y dice:—No pasó nada.
Claro que pasó. Pasó de todo. La señora del kiosco ya se está riendo, un niño lo señaló y alguien probablemente grabó el momento para TikTok.
Y ni hablar de las piscinas. La piscina es una fábrica industrial de humillaciones. Uno camina alrededor sintiéndose actor de comercial turístico hasta que aparece el resbalón olímpico. Ese instante en que los brazos hacen movimientos de helicóptero intentando salvar la situación, pero el cuerpo ya tomó una decisión diferente. ¡PLOP!
Ahí queda uno, medio hundido y medio vivo, fingiendo que el clavado era intencional.
También existe el clásico momento de regar una bebida. Ese acto aparentemente inocente donde uno mueve la mano como si estuviera dirigiendo una orquesta y termina bañando la mesa, el celular ajeno y al invitado principal. Jugo en la camisa antes de la reunión, espagueti saltarín en el vestido de la acompañante, sorbo de café hirviendo que le saca una lagrimita de “me acordé de mi mamita”.
Y siempre aparece el inútil comentario:—Uy… eso nunca me pasa.
Mentira. Le pasa a todo el mundo.
Otro clásico universal es mojarse el pantalón accidentalmente. Basta una botella mal cerrada, una manguera rebelde o una ola traicionera para que aparezca esa mancha sospechosa justo en la peor zona posible. Uno empieza a desplazarse pegado a las paredes, usando bolsos como escudos tácticos y rezando para que nadie mire.
Pero el universo nunca ayuda. Siempre aparece alguien diciendo:—Oye… ¿te mojaste?
No, hombre, estoy probando una nueva moda acuática.
Y qué decir de la ropa traicionera. Porque la ropa tiene un extraño sentido del humor. Los pantalones se rompen exactamente cuando uno se agacha. Las blusas se abren en momentos críticos. Los cierres dejan de funcionar justo antes de entrar a un lugar lleno de gente.
También están los accidentes pegajosos. Sentarse en chicle. Untarse pegamento sin darse cuenta. Apoyarse en pintura fresca. Cargar un bebé adorable y terminar decorado con compota, baba o algo mucho más biológico y aterrador. Salsa de tomate en la camisa que parece labial. ¡Uff!
Y no faltan los osos tecnológicos. Mandar mensajes a la persona equivocada. Saludar a alguien que no lo estaba saludando. Hablar mal de alguien… y que esa persona esté detrás. Son tragedias modernas, pequeñas humillaciones digitales patrocinadas por la confianza excesiva.
Pero quizá lo más curioso del ridículo es que, con el tiempo, esas desgracias terminan convertidas en las mejores historias. Nadie se acuerda del día perfecto en el que todo salió bien. En cambio, el día en que uno se cayó entrando al banco, saludó a alguien que no conocía o rompió una silla en una reunión… ese episodio queda inmortalizado para siempre.
Porque el ridículo, aunque humillante, también tiene algo democrático. Nos recuerda que todos somos humanos, torpes, despistados e imperfectos. Y, sinceramente, menos mal. Porque imaginen un mundo donde nadie se cayera, nadie se equivocara y nadie hiciera el ridículo. Sería aburridísimo.
Al final, la vida es eso: una larga colección de osos bien ejecutados.
Y sobrevivir a ellos… también merece aplausos.
Además, aceptémoslo: las mejores historias casi siempre empiezan con alguien diciendo:—“No sabes el oso tan horrible que hice…”
El autor es ingeniero retirado.

