En las aulas universitarias de Panamá se libra una batalla silenciosa. No hay gritos ni empujones, pero sí miradas evasivas, risas contenidas, exclusiones sistemáticas y un profundo sentimiento de estar “de más”. Este es el rostro del bullying silencioso: una forma de violencia simbólica sutil, persistente y profundamente dañina que afecta de manera desproporcionada a los estudiantes indígenas en la educación superior.
Según el Ministerio de Educación de Panamá (2023), el 68 % de estos jóvenes ha enfrentado alguna forma de discriminación sutil durante su formación universitaria. A diferencia del acoso físico o verbal, el bullying silencioso opera en los márgenes de lo visible. Se manifiesta en la indiferencia constante, en la negación del reconocimiento, en los comentarios velados o en la exclusión deliberada de dinámicas académicas y sociales. Su peligro radica precisamente en su invisibilidad: generalmente no deja marcas y muchas veces se niega, se minimiza o se confunde con “malentendidos”. Sin embargo, sus consecuencias son reales y profundas.
Estudios recientes indican que hasta el 45 % de los casos de deserción temprana entre estudiantes indígenas están vinculados a experiencias de acoso no atendido (Vizcaíno et al., 2023). La ansiedad, la depresión, la baja autoestima y la pérdida de motivación académica no son meras “debilidades personales”, sino respuestas comprensibles a un entorno que, en lugar de acoger, aliena.
Este fenómeno es la expresión de una discriminación estructural arraigada en las universidades panameñas, herederas de una lógica colonial que aún invisibiliza lo indígena. Los currículos, las metodologías de enseñanza e incluso la cultura institucional reflejan una visión monocultural que considera los saberes, las lenguas y las cosmovisiones indígenas como “secundarios” o incluso “incompatibles” con la academia.
Es aquí donde la interculturalidad juega un papel relevante. La interculturalidad auténtica reconoce la igualdad de saberes y promueve un diálogo horizontal entre culturas, pero en Panamá sigue siendo una promesa incumplida. Mientras tanto, el acoso silencioso se normaliza y la deserción de estudiantes indígenas se atribuye falsamente a su “falta de preparación”, ocultando las verdaderas causas: un sistema que no les permite pertenecer.
A pesar de que Panamá cuenta con marcos legales que reconocen el derecho a una educación inclusiva y libre de discriminación, como el Convenio 169 de la OIT, la Declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y la propia Constitución, aún hacen falta protocolos específicos y programas de formación intercultural para el personal universitario.
Por lo tanto, es urgente transformar las universidades en espacios verdaderamente interculturales. Esto implica no limitarse a celebrar el Día de la Etnia, sino revisar críticamente los planes de estudio, incorporar saberes indígenas, capacitar a los docentes en justicia epistemológica y, sobre todo, escuchar a las comunidades afectadas. Solo así podremos construir una educación superior que no solo admita a estudiantes indígenas, sino que también los reconozca, los valore y les permita florecer. Asimismo, se requieren mecanismos de denuncia accesibles para que estos derechos no se queden en el papel.
El silencio ya no puede ser cómplice. Es hora de visibilizar esta forma de violencia y actuar con justicia, no con indiferencia.
La autora es docente universitaria.

