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El Canal de Panamá y la responsabilidad de un país puente

El Canal de Panamá y la responsabilidad de un país puente
Buques en transito por el Canal de Panamá en dirección a las esclusas de Miraflores en el lado Pácifico. 27 de febrero de 2026. Foto: LP / Alexander Arosemena

Busca en cualquier mapa del mundo un punto donde dos océanos plenos —el Atlántico y el Pacífico— estén separados por apenas 82 kilómetros de tierra. No lo encontrarás en ningún otro lugar. Esa singularidad geográfica, combinada con condiciones excepcionales para la navegación, convirtió a Panamá en el eje sobre el que gira buena parte del comercio global. Hoy cerca del 6% del intercambio mundial pasa por nuestras aguas, conectando los mercados del Pacífico asiático con la costa este americana y Europa.

El Canal y sus puertos no son solo infraestructura; son la columna vertebral de una plataforma logística de clase mundial. Solo en 2025 se movilizaron 9.9 millones de contenedores de veinte pies equivalentes (TEUs), un crecimiento del 3.6% respecto a 2024, según la Autoridad Marítima de Panamá. El ritmo es más moderado que el salto del 15.1% registrado el año anterior, pero los resultados hablan por sí solos: dos puertos panameños siguen figurando entre los cinco más importantes de América Latina, según el ranking Lloyd’s List One Hundred Ports 2025.

2026 arrancó con señales de que el entorno global se complica. En enero, la atención interna se concentró en la Corte Suprema de Justicia y su decisión sobre el contrato-ley que regulaba la concesión de dos terminales portuarias en ambos extremos del Canal. La incertidumbre jurídica trajo dudas sobre la efectividad del período de transición de 18 meses antes de que se defina una nueva concesión. Mientras el país debatía hacia adentro, el mundo tenía otros retos.

En febrero, el estrecho de Ormuz amaneció cerrado al tránsito. Por ese angosto corredor fluye más del 21% del consumo mundial de derivados del petróleo y un tercio del gas natural licuado del planeta. Su cierre no es una estadística abstracta: es la antesala de un encarecimiento en cadena que afecta desde el combustible hasta el precio de los productos en los supermercados de cualquier ciudad del mundo.

En marzo, importantes navieras suspendieron sus tránsitos por el Canal de Suez ante el deterioro de la seguridad en las zonas adyacentes. El Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África, se convirtió en alternativa obligada: más segura, pero también más larga, más costosa y más lenta.

En ese escenario de rutas perturbadas, Panamá emerge como una constante confiable. Las tensiones internacionales generan un aumento esperado en los tránsitos de gas natural licuado con destino a Asia, que se suman a los más de 2.3 millones de barriles que ya cruzan el Canal diariamente. Y el momento no podría ser mejor: los lagos del Canal operan con capacidades óptimas, listos para absorber ese incremento de demanda.

Lo que protege esa confianza no es solo la geografía. Es la neutralidad permanente del Canal, un principio que ha sobrevivido crisis hídricas —como la de 2023— y turbulencias geopolíticas, y que sigue siendo el activo más valioso que Panamá ofrece a sus usuarios: previsibilidad en un mundo impredecible. Como panameños, proteger el tránsito pacífico por nuestras aguas no es un gesto diplomático; es una responsabilidad estratégica.

Mantener ese liderazgo exige más que neutralidad nominal. Los puertos de Colón y Balboa solo son superados en movimiento de contenedores por el puerto de Santos, en Brasil. Esa posición privilegiada dentro del continente no se sostiene sola: requiere inversión continua en la infraestructura existente e integración con nuevas conexiones aéreas, terrestres y marítimas que amplíen y profundicen nuestra plataforma logística.

Pero ninguna infraestructura rinde sin el talento que la opere. El futuro logístico de Panamá depende, en última instancia, de su capital humano. En un siglo XXI marcado por la tecnología, la volatilidad y la interconexión, las alianzas académicas y la capacitación continua no son un lujo: son condición de competitividad. La sostenibilidad del Canal empieza en las aulas. Preparar a quienes heredarán esa responsabilidad es, sin duda, la tarea más urgente que tenemos por delante.

La autora forma parte de Jóvenes Unidos por la Educación.


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