En América Latina existe una tradición política curiosa: se critica a Estados Unidos en público mientras, en privado, muchos gobiernos reconocen que la estabilidad del hemisferio depende en gran medida de su poder. Es una relación llena de contradicciones, discursos nacionalistas y realidades geopolíticas difíciles de ignorar.
El ejemplo más simbólico de esa relación es el Canal de Panamá. Durante décadas fue administrado por Estados Unidos, tras haber sido construido con su tecnología, su capital y su capacidad estratégica. Con los tratados firmados por Omar Torrijos y Jimmy Carter, el canal fue transferido a Panamá al final del siglo XX. Para muchos panameños fue una victoria histórica de soberanía; para algunos críticos en Estados Unidos, en cambio, se interpretó casi como haber entregado una de las arterias más importantes del comercio mundial “por un dólar”.
Hoy el escenario geopolítico es diferente. La creciente presencia de China en infraestructura, puertos, telecomunicaciones y financiamiento en América Latina ha reactivado la importancia estratégica del hemisferio para Estados Unidos. Y en ese contexto aparece una figura política que divide opiniones pero que, guste o no, redefine el tono de la relación continental: Donald Trump.
Trump no representa la diplomacia tradicional de Washington. No habla español, no intenta parecer cercano culturalmente a la región y tampoco se preocupa demasiado por el lenguaje diplomático clásico. Su estilo es directo, confrontativo y basado en una lógica simple: intereses, seguridad y poder.
Para muchos en América Latina esa postura resulta incómoda. Para otros, sin embargo, representa algo distinto: claridad. En una época en la que las potencias compiten por influencia económica y estratégica, la política de Trump se presenta como un intento de reafirmar el hemisferio occidental como zona de interés prioritario de Estados Unidos.
La pregunta que América Latina debería hacerse no es si le gusta o no el estilo de Trump. La pregunta es otra: ¿prefiere un hemisferio bajo la influencia predominante de Washington, con reglas claras aunque duras, o un tablero donde múltiples potencias compiten por influencia política, económica y militar?
En ese debate, Trump aparece para algunos como una figura incómoda, incluso provocadora. Para otros, como un recordatorio de una realidad geopolítica que muchos prefieren ignorar: que, desde Alaska hasta la Patagonia, la estabilidad del continente ha estado históricamente ligada al poder de Estados Unidos.
Trump quizá nunca aprenderá español. Pero su mensaje político para el hemisferio es claro: América sigue siendo, estratégicamente, América.
El autor es abogado.


