El mapa de la Gran Norteamérica anunciado por el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, delimita la nueva zona de influencia estratégica de Washington. Su diseño remite inevitablemente a la Doctrina Monroe de 1823, cuando los estadounidenses concebían como su espacio vital a México, Centroamérica, el Caribe, Venezuela y parte de Colombia. Sin embargo, la construcción de una hegemonía marítima se vio interrumpida por varios factores.
Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, Washington ha intensificado su presencia en la región mediante operaciones militares y acercamientos con países como Trinidad y Tobago, Barbados y Jamaica, que en su momento condenaron el gobierno autoritario de Nicolás Maduro.
A ello se sumó la cumbre Escudo de las Américas, en la que participaron República Dominicana y Trinidad y Tobago para firmar acuerdos de cooperación en materia de combate al crimen.
Paralelamente, el secretario de Estado, Marco Rubio, ha reforzado la interlocución con la Comunidad del Caribe (CARICOM).
Rubio acudió a este organismo para pedir a los líderes insulares una mayor cooperación con Washington, argumentando que si a ellos les va bien, a Estados Unidos también. El Caribe tiene ahora un papel central en la construcción de una nueva hegemonía regional y en la continuidad de las presiones sobre Cuba. La Casa Blanca no quiere repetir los errores del pasado y ahora aspira a consolidar un control más firme en su zona de influencia.
Incluso Donald Trump, quien se dice admirador del rey Carlos III, cabeza de la Commonwealth y jefe de Estado de varias naciones caribeñas, señaló en 2025, en su red Truth Social, que le parecía bien que Estados Unidos pudiera unirse a esta organización. Diarios como The Times y El Mundo interpretaron esta propuesta como una forma de fortalecer la influencia de Washington en el Caribe.
Una mirada hacia atrás
Desde el siglo XVIII, la presencia de potencias coloniales europeas en el Caribe fue constante. Reino Unido conservó territorios como Bahamas, San Cristóbal y Nieves, Antigua y Barbuda, Jamaica, Barbados, Granada y Dominica, por mencionar algunos. Por su parte, Francia mantuvo sus departamentos de ultramar en Guadalupe, Martinica y Guyana Francesa, mientras que España conservó hasta la guerra de 1898 sus últimas colonias, Puerto Rico y Cuba, perdidas ante los estadounidenses.
A partir de entonces, Estados Unidos coexistió en el Caribe junto con las potencias europeas, aunque al mismo tiempo apoyó a gobiernos de corte autoritario alineados con la Casa Blanca. Entre ellos destaca la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, los gobiernos de François y Jean-Claude Duvalier en Haití y la administración de Fulgencio Batista en Cuba antes de la Revolución Cubana.
La lógica de intervención se mantuvo durante la Guerra Fría. En 1965, los dominicanos intentaron reinstaurar a Juan Bosch en la presidencia, pero la Casa Blanca invadió el país para impedirlo. Casi veinte años más tarde, en 1983, el gobierno de Ronald Reagan ordenó una invasión a Granada después de que el primer ministro, Hudson Austin, llegó al poder mediante un golpe de Estado. Washington argumentó que el nuevo gobierno ponía en riesgo su seguridad y, junto a tropas de Barbados y Jamaica, depuso al líder golpista.
La operación generó malestar en Londres debido a que la entonces primera ministra, Margaret Thatcher, declaró que no se consultó a Reino Unido sobre la intervención en una nación perteneciente a la Commonwealth. De este modo, y a pesar de que inicialmente la Doctrina Monroe defendía la expulsión de las potencias europeas del continente, durante la Guerra Fría la Casa Blanca se acercó a estas naciones y construyó con ellas una relación estratégica.
El Caribe, una región estratégica
El Caribe ha sido históricamente una pieza central de la hegemonía hemisférica, no solo porque es la puerta de entrada para el intercambio comercial con África y Asia, sino porque permite proyectar influencia hacia América del Sur. Tras la instauración del gobierno socialista encabezado por Fidel Castro en Cuba, Estados Unidos impulsó el aislamiento de la isla respecto de países como Jamaica y Trinidad y Tobago, precisamente para evitar que estos adoptaran gobiernos de izquierda.
En este contexto, Haití representa un punto sensible. Sumido en una crisis política, económica, sanitaria y de seguridad desde 2021, el país es importante para Estados Unidos. El Alto Consejo de la Transición, organismo que ejerce el control debido a que ya no quedan funcionarios electos, tiene previsto celebrar elecciones el próximo 30 de agosto. Aunque Trump se ha referido poco públicamente a Haití, la fragilidad del país lo convierte en un eslabón vulnerable que probablemente continuará recibiendo presión de Washington.
En conclusión, el Caribe representa hoy uno de los puntos geopolíticos más relevantes para la Casa Blanca: es la entrada natural a la América continental y un corredor fundamental para el intercambio comercial. Bajo una nueva Doctrina Monroe, Washington busca unir todas las piezas del rompecabezas para consolidar una hegemonía hemisférica que durante los años noventa descuidó.
El autor es cientista político y periodista.

