Mientras el cronómetro del Super Bowl LX avanzaba, una imagen se repetía en las pantallas de millones de hogares: el primer plano del casco de Jaylinn Hawkins.
El safety de los Patriots no solo llevaba protección contra los impactos físicos; llevaba la bandera de Panamá pegada a la nuca, un recordatorio silencioso pero potente de que las fronteras son porosas y las identidades, múltiples.
En un país que parece caminar al borde de una fractura profunda, tensionado por discursos que niegan el multiculturalismo y la pluriétnia, ese pequeño adhesivo tricolor fue un acto de resistencia silenciosa, pero global.
El espectáculo del medio tiempo no fue una simple tregua comercial; fue un choque cultural necesario. En un contexto donde la identidad estadounidense es campo de batalla, ver a Bad Bunny mencionar a Cuba en su repaso lírico —al estilo de Buscando América, de Rubén Blades— dejó un mensaje claro: nuestra región no es el “patio trasero”, es un corazón que late dentro del gigante.
Las imágenes del show fueron dardos de realidad. Bad Bunny nos pidió “tirar más fotos”, atesorar lo que no tiene precio antes de que el ruido de la intolerancia lo borre todo. Y la advertencia fue punzante: “que no nos pase lo de Hawái”, un recordatorio —en la voz de Ricky Martin— sobre la pérdida de soberanía y la gentrificación de nuestras esencias. Pero en medio de la advertencia hubo celebración: Lady Gaga entregada a la salsa, bailando y cantando en una plaza latina, demostrando que, mientras los políticos levantan muros, el ritmo construye puentes que la xenofobia no puede dinamitar.
Para el espectador promedio en Estados Unidos, este show fue un espejo incómodo, pero vital. En una nación donde sectores radicales intentan borrar el aporte hispano, el Super Bowl recordó que más de 40 millones de latinos sostienen hoy buena parte de la economía y de la cultura del entretenimiento.
Ver a Hawkins, un atleta de 28 años nacido en California pero orgulloso de su sangre panameña, vestir el uniforme de los Patriots —el equipo de Nueva Inglaterra— con la bandera de su madre, es un golpe de realidad bilingüe. Para el público anglo, confirma que la identidad “americana” no es monolítica; para millones de inmigrantes, valida su existencia en un momento de oscuridad política.
Ese casco y ese espectáculo recordaron que la multiculturalidad no es una “agenda”: es nuestra naturaleza continental. Jaylinn Hawkins levantó una bandera de orgullo para un mundo en caos. En un momento en que el odio parece ganar terreno, el Super Bowl 2026 nos obligó a mirar lo que realmente somos: una mezcla indomable, una salsa bilingüe que, pese a las amenazas de división, se niega a dejar de bailar.
Hoy, más que nunca, queda atesorar lo que nos une y, como dijo el Conejito, guardar la foto de este momento en el que, por unos minutos, la esperanza le ganó al miedo.
El autor es doctor en derecho, abogado y docente universitario.

