Panamá vive un momento turístico sin precedentes. Ganamos la apuesta: el turismo sí es una fuente de ingresos significativa para el país.
En 2025, Panamá superó por primera vez los 3 millones de visitantes internacionales, generando más de $6,5 mil millones en divisas, un récord absoluto que supera en un 46 % los ingresos prepandemia. El arranque de 2026 es igualmente prometedor: solo en el primer trimestre ingresaron 838 mil visitantes, con un crecimiento de 20,3 % respecto al mismo período del año anterior, y el gasto total de los visitantes alcanzó aproximadamente $2 mil millones. Panamá es, sin duda, la economía turística de mayor crecimiento en la región.
Y en el corazón de ese auge está el Casco Viejo. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el barrio histórico se ha consolidado como el destino número uno de Panamá, superando por primera vez en 2025 al mismísimo Canal de Panamá en el ranking de atracciones más visitadas, posición que mantiene en 2026. Es un logro que debería llenarnos de orgullo. Y lo haría, si no fuera porque ese mismo barrio está siendo destruido… a decibeles.
La inversión que nadie defiende
El Casco Viejo ha atraído inversiones de clase mundial. Hoteles cinco estrellas como el American Trade, el Sofitel y La Compañía han apostado por restaurar —con inversiones multimillonarias— edificios históricos con lujo y sofisticación. Airbnbs remodelados ofrecen apartamentos coloniales con vistas al mar. Todo eso es real.
Pero también hay otra realidad, que aparece en negro sobre blanco en plataformas de reseñas internacionales.
En TripAdvisor y Booking, los huéspedes de dichos hoteles describen una experiencia que da vergüenza ajena: la música a todo volumen desde los establecimientos cercanos se extiende hasta las primeras horas de la madrugada. Al punto que algunos hoteles han optado por incluir tapones para los oídos en el kit del baño. En Las Clementinas, otro hotel boutique de lujo, un huésped reportó haber pasado seis noches sin dormir por el ruido proveniente de lo que describe como “crack lane”, que retumbaba hasta las 3 o 4 de la mañana. Otra reseña reciente relata que la música se prolongaba hasta altas horas de la noche y ni los tapones, ni las ventanas dobles o triples, ni las almohadas sobre la cabeza ayudaban, incluso en una noche de martes.






Pregunta: ¿con qué impresión se van esos turistas? ¿Van a regresar? ¿Van a recomendar Panamá?
El caos del Casco Peatonal
Si el ruido nocturno es un problema crónico, el “Casco Peatonal” parece más bien improvisación elevada a política pública. La idea de restringir el tráfico vehicular en la zona histórica es buena en principio. En la práctica, hacerla solo un día al mes es un desastre para el visitante que tiene la mala suerte de llegar ese día.
Turistas con maletas obligados a caminar cuadras sobre adoquines en pleno calor tropical, sin señalización clara, sin transporte de apoyo, sin ningún sistema que facilite el acceso a los hoteles. ¿Por qué tiene que ser solo un día y de manera improvisada, cuando hay planes macro de hacer las cosas bien? Esto podría convertirse en un modelo permanente y bien organizado, de lunes a domingo, con reglas claras, estacionamientos habilitados para visitantes y zonas de carga y descarga para el turismo.
En redes se pinta como beneficioso para los restaurantes, pero ¿hemos escuchado a todos o solo a unos pocos? Los estacionamientos existentes se destinan al uso exclusivo del gobierno, los carros se estacionan en línea amarilla, los bares no tienen regulación… ¿no sería más sensato solucionar primero esos problemas?
¿Dónde están las autoridades?
Hay que hacer las preguntas que nadie quiere hacer: ¿Dónde está el Municipio de Panamá, que tiene competencia directa sobre el ruido y los horarios de los establecimientos? ¿Dónde está el Ministerio de Salud, con su rol en salud pública y el impacto del ruido crónico en los residentes? ¿Dónde está la Oficina del Casco Antiguo (OCA), creada precisamente para velar por la integridad del patrimonio? ¿Y dónde está la Autoridad de Turismo de Panamá, que publica con orgullo las cifras récord de visitantes pero guarda silencio sobre la experiencia que esos visitantes están teniendo?
El turismo es de todos, o no es de nadie
Panamá tiene todo para tener el Casco Viejo que merece: el patrimonio, la arquitectura, la gastronomía, la conectividad aérea y las inversiones privadas… hasta los bares, siempre que estén en áreas cerradas, con la infraestructura requerida y sin perjudicar a nadie.
Lo que nos falta no es dinero ni turistas. Lo que nos falta es gobernanza: voluntad de hacer cumplir las normas que ya existen y visión de largo plazo para proteger el activo más valioso del turismo panameño antes de que el desorden lo degrade sin remedio.
Ciudades que han descuidado su patrimonio histórico han tardado décadas en recuperar su reputación. Panamá todavía está a tiempo de no cometer ese error. Pero el tiempo no sobra. Los turistas ya están escribiendo sus reseñas… cuidado.
La autora es residente del Casco Antiguo.


