La ofensiva militar lanzada por Estados Unidos e Israel sobre Irán está repercutiendo en el ámbito energético, con fuertes efectos en la configuración del mercado a futuro. La escalada del conflicto y la amenaza iraní sobre el estrecho de Ormuz, punto geográfico estratégico para el comercio petrolero mundial, ha paralizado el tráfico marítimo en la región. Además, los ataques iraníes sobre las destilerías de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Catar afectan la oferta de manera directa. De prolongarse el conflicto, la subida del precio de los combustibles podría ser aún más pronunciada, generando una nueva escalada inflacionaria a nivel global.
En contraste con el cuadro lúgubre que enfrentan los productores de Medio Oriente, los exportadores de petróleo y gas podrían verse favorecidos por el conflicto. En Argentina, Southern Energy (consorcio integrado por YPF, Pan American Energy, Pampa Energía, Harbour Energy y Golar LNG) acaba de firmar un contrato de abastecimiento de gas natural licuado con la empresa alemana SEFE.
El aumento de los precios del petróleo genera un efecto positivo en el frente externo, una mejora que podría significar entre 1,300 y 1,700 millones de dólares extra al año para el gobierno de Milei. Además, recientemente se ha presentado un proyecto de Transportadora de Gas del Sur (TGS) que implicaría una inversión de 3,000 millones de dólares, previéndose que la misma genere ingresos anuales superiores a los 1,200 millones.
Estos beneficios destacan la creciente relevancia del yacimiento de Vaca Muerta, que permite al país obtener dólares luego de la sangría de divisas que implicaba cada aumento del petróleo en el pasado. Sin embargo, dicho entusiasmo no debería influir al momento de evaluar nuevas inversiones, pues estas deberían también considerar las decisiones que adopten los (actuales o potenciales) compradores.
La disputa en Medio Oriente no solo trajo mayor incertidumbre a los mercados. También vino a destacar la fuerte dependencia que conlleva el uso de combustibles fósiles, aspecto que asocia la provisión energética con la geopolítica. La denominada seguridad energética sigue generando tensiones y enmarcando disputas que afectan a la soberanía misma de los productores. Basta observar el caso de Venezuela.
Pero la seguridad no necesariamente debe asociarse a la suerte del complejo petrolero. El aprovisionamiento a partir de fuentes limpias no genera ningún tipo de dependencia, ya que ningún país controla la intensidad del sol o la velocidad del viento. La energía verde amplía el espacio de decisión del soberano.
Esta es la lectura que están haciendo los países importadores, que ahora evalúan el costo de depender de fuentes tradicionales de energía. Para los países del Asia-Pacífico, el conflicto no solo implica mayores precios; la disrupción en los contratos obliga a reconsiderar cuestiones de seguridad energética, ya que su prolongación conlleva fuertes riesgos de desabastecimiento.
La situación expone también la vulnerabilidad que aún evidencia la Unión Europea en materia energética. La invasión de Ucrania obligó a repensar la fuerte dependencia que estos países mantenían con el gas ruso y, a partir de entonces, la región decidió embarcarse en una estrategia de diversificación del abastecimiento y de aceleración de la transformación de la matriz energética.
Si bien en estos años la Unión Europea avanzó con fuertes inversiones en energías renovables, la urgencia que imponía la necesidad de reemplazar los hidrocarburos que provenían de Rusia llevó a las autoridades europeas a buscar alternativas de aprovisionamiento. Pero los socios terminaron siendo poco confiables o se vieron involucrados en conflictos.
Aun cuando puedan sumar nuevos socios, lo lógico sería que Europa y Asia refuercen la apuesta por los renovables. Observando el contexto actual, el secretario de Energía británico, Ed Miliband, remarcó la importancia de avanzar con la transición como única ruta para asegurar la provisión energética y garantizar que estas decisiones se tomen de forma soberana.
Idénticos comentarios se han escuchado en diversos centros de poder en Asia, región donde el conflicto comienza a ser considerado como un punto de inflexión en materia de seguridad energética. Cada kilovatio surgido de fuentes renovables representa mayor autonomía estratégica.
Con precios a la baja, continuas mejoras tecnológicas y mayor autonomía estratégica, la apuesta por renovables implica una opción segura para aquellos países que buscan minimizar su exposición al riesgo. Desde una perspectiva estratégica, la apuesta por la transición resulta lo más lógico; de lo contrario, la seguridad energética seguirá atada a los vaivenes de las disputas geopolíticas.
En este marco, los países latinoamericanos deberían considerar que seguir avanzando en la explotación de hidrocarburos aumentará el riesgo financiero, pues los proyectos petroleros en construcción eventualmente no lograrían amortizarse. El momento actual, en definitiva, nos plantea cuestiones fundamentales: o continuamos atados al petróleo —cuya demanda no resulta garantizada y agrava el problema climático— o apostamos por los renovables para ganar autonomía y comenzar a revertir el aumento de la temperatura del planeta.
El autor es docente, especialista en economía y finanzas.

