Últimamente me pregunto qué significa realmente eso que todos llamamos “costo político”.
Se usa tanto que ya ni lo pensamos, pero cada vez que lo escucho me quedo dándole vueltas: ¿costo por hacer qué? ¿Pagado por quién? Porque cuando uno mira con calma las encuestas, algo no cuadra.
No es que esté aquí para darle un espaldarazo al presidente y a su equipo. Lo que me asombra, de verdad, es otra cosa: ¿cómo es posible que no se le de a un presidente siquiera un poquito de popularidad al ver las encuestas que le dan de calificación tanto a él como a sus ministros? No pareciera haber forma de meter puntos positivos.
Porque lo que veo es a un presidente y a un equipo tratando de corregir errores de un pasado. Errores que, corregidos, benefician al mismo pueblo que hoy los critica. Y aun así, no parece tener efecto en la popularidad. Ahí sospecho que el problema no es lo que se hace, sino que hacer lo correcto casi nunca es popular mientras se está haciendo.
He conocido a todos los presidentes de la república desde hace muchos años, y a todos, en su momento, les sugerí lo mismo: ¿por qué no hacen conferencias de prensa semanales, como se hace en la Casa Blanca? Ni siquiera tenían que dar la cara ellos mismos ya que hay comunicadores de sobra. Ninguno me hizo caso. El actual, por iniciativa propia, decidió hacerlo él mismo, todos los jueves. ¿El resultado? No tan positivo, dicen muchos, porque suena confrontador. Y yo me pregunto: ¿pero y lo que anuncia, qué? Si en lugar del presidente ponemos a un obispo a dar exactamente los mismos anuncios, ¿de repente el mensaje sería aplaudido?
En ocasiones se dan buenas noticias como inversiones importantes y a veces no tan buenas o incómodas, como el tema de las jubilaciones del Seguro Social que estaban en riesgo si no se hacían correcciones, para dar un ejemplo. Y al corregirlas, criticas y negativismos.
Después está lo de enfrentar a sindicatos y gremios. El caso de las bananeras fue repudiado por buena parte de la población porque el paro afectó al país entero: la gente exigió que alguien pusiera orden. Y al hacerlo, ningún reconocimiento. Y el caso Suntracs, donde promotores y constructores llevaban años rogando que alguien los pusiera en su lugar, se hizo y la confrontación destapó un entramado de corrupción que dejó a medio país boquiabierto. Corrupción, además, con la plata del pueblo, porque son ellos los que nos construyen los edificios donde vivimos.
Esta es la parte que más me llama la atención. La población entera pide el famoso chen chen. Pero en cuanto se toma alguna iniciativa real para generarlo, le dan plomo. Ahí están la mina de cobre y el proyecto de Río Indio: dos iniciativas con potencial real de traer inversión y empleo, criticadas por un alto porcentaje de la población.
Con el impuesto a las transacciones digitales pasó algo parecido: lo propusieron, y tuvieron que recular en cuanto se volvió impopular. Aunque, seamos honestos, esa medida no afecta al panameño de a pie. Afecta al círculo económicamente más cómodo del país, no al que compra artículos en Amazon (estimados en $800,000 anuales) para que se los manden a su casillero en Miami
Ahora bien, si hay temas que se deben corregir. La transparencia, la seguridad jurídica que sin ella inversionistas serios no llegaran, la austeridad donde veo gastos que no son indispensables compiten por recursos con gastos que sí lo son.
Dicho esto, hay que reconocer lo que se ha hecho bien. Más allá del presidente, este gobierno cuenta con un verdadero equipo de lujo. Los nombramientos de varios ministros han sido acertados. Tenemos un Contralor vigilante del gasto público, con el látigo en la mano cada vez que destapa un chanchullo. Y un Procurador que, con recursos limitados, muestra una intensidad real en procesar a quienes hay que investigar y enviar ante la justicia. Eso, en un país acostumbrado a la impunidad, no es poca cosa.
Lo mejor todavía está por llegar. El país solo le pide a su gente un poco de paciencia. Y los números empiezan a darle la razón a ese esfuerzo. Panamá sigue siendo uno de los casos de éxito económico más destacados de América Latina.
Tras verse obligadas a tomar medidas drásticas en los últimos años, las autoridades lograron un giro económico positivo. El crecimiento se acelera, las preocupaciones de los últimos dos años se disipan, y los temas fiscales han sido positivos como para mantener el grado de inversión del país. Y aun así, la popularidad del presidente Mulino no repunta. La gestión se mantiene sólida y los problemas sociales parecen contenidos y aun así no se les da un merecido crédito.
Y entonces llego siempre a la misma conclusión, y reflejado en las encuestas,: ¿por qué, cuando un presidente y su equipo hace el intento genuino de llevar al país por un buen camino económico, no se le reconoce el esfuerzo? Lo que se gana, en cambio, son críticas y el castigo del famoso costo político —como si hacer lo correcto fuera, por definición, lo que menos votos da.
El autor es promotor de proyectos.

