Tenía trece años. Lo vi en el semanario Quiubo. El pie de foto dice: «Este es el cuerpo brutalmente mutilado del exmédico guerrillero Hugo Spadafora, quien apareció dentro de un saco en el poblado costarricense de “El Roblito”, a unos 15 kilómetros de La Concepción, donde fuera visto por última vez con vida. Su cuerpo decapitado se convierte en una estremecedora denuncia de lo que nos espera a todos los panameños, si no tenemos el valor civil de exigir el total esclarecimiento de este horrendo crimen y la ejemplar sanción de sus ejecutores. Así será la única forma en que esto no vuelva a ocurrir ¡Nunca jamás!». En 2016 busqué el semanario en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional y allí estaba, otra vez, la «estremecedora denuncia».
He vuelto a asomarme a esa foto, buscando en la lectura de lo que ocurrió lecciones para hoy. El brutal asesinato de Hugo Spadafora Franco sufre hace tiempo el drama del olvido: cada vez menos saben quién fue, qué le hicieron y quién se lo hizo. Algunos de ellos, con «carita de yo no fui», van riendo por la vida sin haber condenado nunca lo que pasó.
Otra lección: no habrá libertad ni decencia si no las peleamos casa por casa, barrio por barrio. No poniendo a arder el país por las cuatro esquinas, como dice el honorario, pero sí alzando la voz para decir ¡basta!, aunque nos echen encima, como ayer, los perros con tolete y gases lacrimógenos: el tiempo de los indiferentes y los cobardes debe dar paso cuanto antes a la firme disensión.
«¡Nunca jamás!». Que nadie olvide a Hugo y su conciencia clara del lugar que debía ocupar en la escena política. Que nadie olvide lo que pasó, lo que nos hicieron a todos. Quisieron meternos miedo, pero cobramos fuerzas. Gracias, ayer y ahora, por compartir el cuerpo de Hugo, por la lección de «valor civil» que haremos bien en recuperar cuanto antes.
El autor es escritor.

