El currículo educativo no es una lista de materias, sino un pacto sobre el tipo de ser humano que deseamos habitar. En este artículo exploro la dimensión ética y filosófica de la enseñanza, proponiendo que todo plan de estudios es, en el fondo, un proyecto de esperanza y una apuesta por la dignidad futura.
Este artículo no nace de la fría reflexión de escritorio, sino del calor de un diálogo compartido. Surge de la provocación intelectual de un amigo, quien me entregó una premisa que es, a la vez, un desafío y una revelación: “Todo currículo responde a una idea de la persona a formar”. Aceptar este reto no es solo un compromiso personal, sino una responsabilidad pedagógica. En las siguientes líneas, me propongo desgranar esa idea para comprender que el currículo no es un inventario de saberes, sino la arquitectura de nuestra esperanza colectiva.
La decisión ontológica
A menudo, el debate educativo se agota en la técnica: estándares, competencias y evaluaciones. Sin embargo, antes de la técnica existe una decisión ontológica. Diseñar un currículo es, en esencia, un acto de imaginación sobre el futuro ser humano y sobre la sociedad que este habrá de construir. Como señala José Gimeno Sacristán en su obra El currículum: una reflexión sobre la práctica, este es el proyecto que preside las actividades escolares y precisa sus intenciones. Para Sacristán, el currículo es una praxis humana; es el mecanismo de mediación entre la cultura social y el desarrollo individual.
La ética de la intención
Desde las ciencias sociales sabemos que el conocimiento no es neutral. El currículo es una declaración de principios. Cuando priorizamos el aprendizaje colaborativo, apostamos por una persona relacional; cuando enfatizamos el pensamiento crítico, buscamos la autonomía. La formación académica no puede reducirse a un consenso técnico frío, sino que debe asumirse como una apuesta por la dignidad. La persona a formar no es solo una mente que procesa datos, sino un ser con sensibilidad ética y conciencia histórica.
Proyecto de esperanza
Hablar del currículo como esperanza es rescatar la educación de la simple reproducción social. Debe proponer lo que llamamos el “inédito viable”: aquello que aún no es, pero que puede llegar a ser a través de la educación. La esperanza en el currículo se manifiesta al resistir el nihilismo técnico y al asumirse como un acto de confianza intergeneracional. Es el mensaje que los adultos enviamos a los jóvenes: “Esto es lo mejor que hemos aprendido y confiamos en que ustedes lo usarán para trascendernos”.
La vigencia de Freire y la vocación de libertad
No se puede hablar de esperanza sin invocar la presencia de Paulo Freire. Su pensamiento nos recuerda que la educación es, ante todo, una práctica de la libertad. Freire insistía en que la persona a formar no debe ser un recipiente pasivo de información —la educación “bancaria”—, sino un sujeto capaz de “leer el mundo” para escribir su propia historia. Al integrar la visión freiriana en el currículo, devolvemos al estudiante su lugar como protagonista y al docente su rol como mediador de la conciencia crítica. Educar para la libertad es la única forma de garantizar que la persona formada sea dueña de su destino.
Conclusión
Desarrollar un currículo es un ejercicio de fe. Es creer que podemos potenciar la libertad por encima de la alienación. Si el currículo responde a una idea de persona, nuestra tarea es asegurar que esa idea sea lo suficientemente amplia y digna para que cada estudiante encuentre en ella su propia voz. La esperanza no se escribe solo en los decretos; se siembra en lo que decidimos enseñar.
El autor es docente y especialista en ciencias sociales.
