El desempleo en Panamá suele analizarse a partir de cifras agregadas y proyecciones macroeconómicas. Sin embargo, detrás de cada indicador existe una realidad concreta: mujeres con formación, experiencia y capacidad que enfrentan mayores obstáculos para acceder y mantenerse en el mercado laboral.
La brecha de género en el empleo no es un fenómeno reciente. A pesar de los avances en educación y participación profesional, muchas mujeres continúan encontrando barreras que limitan su desarrollo. Estas no siempre son explícitas, pero se reflejan en decisiones de contratación, promoción y asignación de responsabilidades.
Uno de los factores menos discutidos es el impacto de la edad. A partir de los 30 años, etapa asociada a mayor madurez y experiencia, se reducen las oportunidades para reinsertarse o escalar profesionalmente. La experiencia, que debería representar un activo, con frecuencia se convierte en un filtro. Al mismo tiempo, las mujeres más jóvenes enfrentan cuestionamientos sobre estabilidad o proyección, lo que demuestra que los sesgos atraviesan distintas etapas de la vida laboral.
A ello se suma la limitada presencia femenina en posiciones de liderazgo. Aunque el discurso público destaca la importancia de la diversidad, los espacios de toma de decisiones continúan concentrados mayoritariamente en hombres. Esta situación no solo plantea un desafío en términos de equidad, sino que implica un desaprovechamiento directo de capital humano.
Sin embargo, existen sectores que han comenzado a modificar esta dinámica de forma concreta. La industria minera en Panamá, tradicionalmente asociada a perfiles masculinos, abrió espacios reales para mujeres de comunidades vecinas, menores y mayores de 30 años, en funciones técnicas, operativas y de liderazgo.
En comunidades donde históricamente las oportunidades formales eran limitadas, muchas mujeres encontraron en la mina su primer empleo formal, con estabilidad, salario competitivo y acceso a seguridad social. Para numerosas trabajadoras, el ingreso minero no representó únicamente un salario: significó independencia económica, capacidad de sostener a sus familias y acceso a un proyecto de vida distinto al que el entorno tradicionalmente ofrecía.
El impacto fue especialmente visible en el área de operaciones. Mujeres se formaron y certificaron como operadoras de equipo pesado, rompiendo estereotipos históricos. Varias de ellas se convirtieron en la fuente de ingresos estables para sus familias, demostrando que la competencia técnica no tiene género. El cierre abrupto de la mina no solo significó una cifra macroeconómica; significó la cesantía inmediata de estas mujeres. La interrupción no fue solo laboral, sino también social y familiar.
Otra evidencia del interés femenino por capacitarse en oficios industriales quedó reflejada en el Centro de Formación de Profesiones Industriales vinculado al proyecto, donde más del 60% de los estudiantes eran mujeres. Este dato no es menor: demuestra que cuando existen oportunidades reales y reglas claras basadas en mérito, las mujeres responden, se forman y compiten en igualdad de condiciones.
La discusión sobre la reapertura de la actividad minera suele centrarse en aspectos políticos o ambientales, pero rara vez incorpora el ángulo laboral y, menos aún, la dimensión femenina. Ignorar este componente es omitir una parte esencial del debate. Ampliar la participación femenina no debe entenderse únicamente como una agenda de igualdad; es también una decisión económica. Las economías que aprovechan plenamente su talento disponible fortalecen su productividad, estabilidad social y competitividad.
Panamá enfrenta desafíos estructurales en empleo y crecimiento. En este contexto, revisar prácticas empresariales, eliminar sesgos y crear condiciones para la inserción laboral femenina no es un gesto simbólico, sino una medida estratégica. El mercado laboral no puede prescindir de talento por razones ajenas al mérito ni puede darse el lujo de perder espacios que demostraron generar empleo formal y oportunidades reales para mujeres en comunidades que hoy enfrentan incertidumbre.
La brecha existe. Reconocerla es el primer paso. Corregirla exige voluntad sostenida, decisiones basadas en datos y la comprensión de que detrás de cada estadística hay hogares que dependen de una oportunidad.
La autora es ingeniera industrial y supervisora de operaciones mineras.


