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El desierto necesario

Por qué el liderazgo exige la madurez humana (y política) de un Jesús histórico

El desierto necesario
LA IMPOSICION DE LA CENIZA LA CUAL DA INICIO A LA CUARESMA

Entramos en Cuaresma, un periodo que el marketing religioso ha edulcorado hasta convertirlo en un trámite de abstinencias superficiales. Sin embargo, para quienes entendemos la política como el arte de transformar la realidad, este tiempo debería ser una disección del carácter. En una era dominada por el liderazgo instantáneo y la estética del reel de quince segundos, urge recuperar la noción del “desierto” como espacio de formación.

Sugiero dejar de buscar respuestas en los sermones almibarados o en la narración oficial; para entender cómo se construye un líder que trasciende, he optado por acudir a la literatura que dolió: La última tentación de Nikos Kazantzakis y El Evangelio según Jesucristo de José Saramago. Elegir a un griego excomulgado y a un portugués marxista no es un ejercicio de provocación, sino una necesidad intelectual frente a la crisis de madurez que asola a nuestras instituciones. El dogma nos entrega a un líder ya terminado, un Dios que finge ser hombre y que, por tanto, como ser humano, no tendría mérito en su victoria. En cambio, estos autores nos devuelven la trascendencia material, mostrándonos que el poder no es un don divino ni un golpe de suerte mediático, sino una construcción agónica, humana y, sobre todo, política.

Esa construcción comienza en la forja de la madurez, entendida como una victoria absoluta sobre el “yo” privado. La política actual está plagada de adolescentes —de entre veinticinco y cuarenta años— que buscan el mando para sanar complejos personales. El Jesús que describe Kazantzakis es el arquetipo de la renuncia consciente. Su lucha no es contra demonios de fábula, sino contra la tentación de la normalidad: la familia, el confort y el egoísmo. Como bien escribe el autor griego en el prólogo de su obra: “Mi principal angustia y el origen de todas mis alegrías y penas ha sido la lucha incesante y despiadada entre el espíritu y la carne... y mi alma es la arena donde estos dos ejércitos se han encontrado y chocado”. Esta cita resume la primera lección de mando: nadie tiene derecho a dirigir a un pueblo si antes no ha ganado la batalla en su propia arena. La madurez política es, en esencia, la capacidad de ser coherente cuando la carne pide descanso y el espíritu exige sacrificio.

Por su parte, la formación de este perfil no ocurre por iluminación mística, sino a través de una conciencia crítica que se cultiva en el silencio y la observación. José Saramago nos presenta a un joven que descubre que el liderazgo no es un privilegio de casta, sino una carga ética por las consecuencias de sus actos sobre los demás. En un pasaje demoledor, el Nobel portugués sentencia que “los hombres son como los dioses, no se conocen unos a otros más que por el rastro que dejan detrás de ellos, por el dolor que han causado”. Bajo esta óptica, el líder que trasciende a los 33 años lo hace porque pasó dos décadas aprendiendo a leer la letra pequeña del contrato del poder, negándose a ser un instrumento ciego del sistema. Su formación es una toma de conciencia sobre el dolor ajeno, lo que transforma al individuo en un rebelde con causa técnica y moral.

Esta madurez se pone a prueba en la capacidad del líder para gestionar su legitimidad y su círculo cercano. El encuentro con Juan el Bautista, lejos de ser un rito místico, debe leerse como una operación de relevo político magistral. Juan representa la vieja guardia y el clamor del desierto; Jesús representa la propuesta de un nuevo orden. El reconocimiento entre ambos es un acto de realismo político: el mentor que sabe cuándo menguar y el líder que, con la madurez de quien conoce su historia, acepta el testigo sin soberbia. Es en esa red de alianzas y en la gestión de un equipo complejo donde el liderazgo abandona el plano individual para volverse histórico.

¿Por qué es vital esta reflexión hoy? Porque vivimos en una orfandad de referentes que confunde la popularidad con la autoridad. La trascendencia de Jesús no reside en su divinidad, sino en su aterradora humanidad: esa que le permitió desafiar a un imperio y a una teocracia porque estaba más formado, era más maduro y poseía una voluntad más inquebrantable que todos sus jueces juntos. En un mundo que premia lo efímero, estos autores nos recuerdan que el verdadero liderazgo requiere un “tiempo de desierto” que la inmediatez tecnológica ha intentado abolir.

Propongo, para estos días de Cuaresma, abandonar los manuales de consultoría vacía y regresar a estas obras que en su día fueron perseguidas y censuradas. Leer a Kazantzakis y a Saramago como un ejercicio de formación política alternativa permite comprender que el verdadero poder nace de la duda resuelta, de la carne vencida y de la madurez de quien prefiere ser historia a ser simplemente gobernante.

Al final, la lección de los 33 años del Jesús histórico es brutal en su sencillez: si el líder no está dispuesto a morir a sus intereses privados, no tiene nada que ofrecer al interés público. El liderazgo que trasciende no se hereda ni se compra con likes; se forja en el silencio de un taller de carpintería y se valida en la soledad de una cruz. Mientras nuestra clase política siga huyendo del desierto para buscar el aplauso fácil, seguiremos gobernados por espectros de hombres, esperando un cambio que solo vendrá de quienes, como el Jesús literario, tengan la madurez de aceptar que el poder es, antes que nada, un sacrificio.

El autor es abogado.


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