El discurso de Mark Carney, primer ministro de Canadá, pronunciado el 20 de enero de 2026 en el Foro Económico Mundial de Davos, marca un punto de inflexión en la geopolítica canadiense frente a un orden global en fragmentación. Con una inusual independencia política, afirmó que el mundo no atraviesa una “transición” gradual, sino una “ruptura” definitiva, una declaración grave viniendo del líder de un país miembro de la OTAN y del G-7. Puede afirmarse, incluso, que Carney habló como el arquitecto de una nueva resistencia frente al desorden sistémico derivado de esa ruptura. Sus palabras constituyen un manifiesto de supervivencia política para las llamadas “potencias medias”, un grupo en el que Panamá —por su peso logístico y el control del Canal— juega un papel estratégico fundamental.
Con descarnada franqueza, el primer ministro canadiense sostuvo: “Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximían cuando les convenía. Que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según la identidad del acusado o la víctima”.
¿Qué significa para Panamá y su Canal la declaratoria del “fin del orden internacional basado en reglas”? Carney denunció que ese orden es hoy una “ficción funcional” y que las grandes potencias utilizan la integración económica y el comercio como instrumentos de coerción, mediante aranceles y presiones comerciales insertas en su política exterior. Mientras Carney hablaba, el presidente José Raúl Mulino, también presente en Davos, rechazó las amenazas del presidente Donald Trump en torno al control del Canal de Panamá. Así como Trump ha presionado a Canadá con aranceles y propuestas de anexión territorial —como en el caso de Groenlandia—, Panamá enfrenta una retórica similar de transaccionalismo imperial respecto a la soberanía de su vía interoceánica. Debe reconocerse el liderazgo del presidente Mulino, cuya agenda en Davos se centró en la defensa del Canal, la atracción de inversiones y el fortalecimiento de alianzas estratégicas.
La advertencia de Carney —“si no estás en la mesa, estás en el menú”— resume con precisión el peligro de la inacción para países medianos y pequeños. En su propuesta, llamó a las potencias medias a dejar de competir entre sí por el favor de un hegemón —Estados Unidos o China— y, en su lugar, construir un frente común que defienda la soberanía y la legalidad internacional. En este contexto, Panamá parece seguir una lógica de diversificación similar, un incipiente multilateralismo selectivo que ya se expresa en su asociación con el Mercosur. En el mismo foro, Mulino impulsó vínculos con Suiza y Singapur, buscando reducir la dependencia de la política exterior estadounidense mediante una diversificación estratégica orientada a mayor autonomía.
Carney recurrió a la metáfora del “tendero de Havel” para explicar cómo muchos países fingen que las reglas funcionan con tal de evitar conflictos. Propuso que la soberanía real exige una base económica sostenible, una “soberanía económica” apoyada en alianzas estratégicas selectivas, desarrollo logístico multimodal, nuevas tecnologías y energías renovables. En el caso panameño, la autonomía estratégica no pasa por aumentar el gasto en defensa, sino por ejercer una neutralidad activa y fortalecer las instituciones —combatiendo la corrupción y la ineficiencia burocrática, entre otros males persistentes—. Si las reglas globales ya no protegen al Canal, Panamá debe liderar coaliciones de usuarios que contribuyan a blindar la ruta comercial frente a las disputas entre grandes potencias, aun cuando ello implique compartir espacio en la mesa para no terminar formando parte del menú.
La hoja de ruta propuesta por Carney es una invitación oportuna a que países como Panamá dejen de ser espectadores pasivos de la geopolítica. La lección de Davos 2026 es clara: la soberanía ya no se garantiza solo con tratados históricos, interpretados a conveniencia del poder unilateral, sino con fortaleza interna y la capacidad de tejer una red de alianzas con socios diversos que compartan el interés por un mundo donde el poder no sea el único derecho.
El autor es analista de relaciones internacionales.


