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El día que un artista decidió escuchar a un coyote

El día que un artista decidió escuchar a un coyote
Imagen conceptual elaborada con asistencia de IA (OpenAi).

Siempre me han llamado la atención esas historias donde el ser humano se enfrenta a lo desconocido. Esos momentos en los que una persona decide cruzar una frontera invisible y acercarse a aquello que normalmente genera miedo o distancia. Hace poco me encontré con uno de esos relatos que parecen imposibles, pero que ocurrieron realmente: un artista que decidió compartir tres días de su vida con un coyote salvaje. Aunque, seamos honestos, hoy en día convivir con un animal salvaje encerrado en una habitación te asegura una cancelación en redes sociales antes de que puedas decir “arte conceptual”.

El protagonista de esta hazaña fue Joseph Beuys, un creador alemán que entendía que el arte no debía quedarse encallado en las paredes de un museo. Para él, la expresión artística era una forma viva de pensar, de cuestionar y de transformar la manera en que miramos el mundo.

En 1974, Beuys realizó una de las acciones artísticas más recordadas del siglo XX: I like America and America Likes Me. El artista se bajó de un avión envuelto en fieltro, lo subieron a una ambulancia y llegó directo a una galería de Nueva York para convivir durante tres jornadas completas con un coyote llamado Little John. No entró al espacio como un conquistador, ni como el típico humano que quiere demostrar superioridad o domesticar lo indomable. Llegó dispuesto a observar, a guardar silencio y a establecer una relación desde la paciencia absoluta.

Al principio, el coyote desconfiaba. Era lo lógico: estaba frente a un extraño en un entorno ajeno. Pero poco a poco sucedió algo extraordinario. Sin palabras, sin órdenes y sin un ápice de violencia, comenzó a tejerse una relación basada en el respeto mutuo.

Aquella experiencia iba mucho más allá de la anécdota entre un hombre y un cánido. Era, en el fondo, un espejo psicológico de nosotros mismos. Desde el análisis terapéutico, el encuentro encarna una profunda lección de regulación emocional y de aceptación del “otro”. Beuys no intentó cambiar la naturaleza del coyote ni el coyote la del hombre; ambos se validaron en su diferencia. En un plano educativo, la acción de Beuys funciona como una pedagogía de la alteridad. Nos enseña que el verdadero aprendizaje no ocurre cuando imponemos nuestro conocimiento, sino cuando vaciamos el ego para permitir que lo desconocido nos enseñe algo nuevo.

Vivimos en una época hiperconectada pero profundamente intolerante, donde muchas veces queremos dominar antes que comprender. Buscamos respuestas inmediatas, opiniones rápidas y soluciones de tres clics para problemas humanos extremadamente complejos. Nos da pánico la incertidumbre. Sin embargo, la psicología nos recuerda que la verdadera madurez emocional pasa por abrazar la vulnerabilidad de no tener el control. La confianza, al igual que la convivencia, requiere tiempo y espacio para respirar; no se puede imponer por decreto.

El coyote cargaba además con un profundo significado simbólico. Para los pueblos originarios de América, este animal representa la astucia, la supervivencia y lo sagrado, pero también al tramposo que nos obliga a mirar nuestras propias contradicciones. Al encerrarse con él, Beuys proponía una sanación colectiva: curar la herida abierta entre el ser humano moderno, obsesionado con el cemento y el progreso, y su entorno natural fracturado.

Algunos vieron la obra de Beuys como una genialidad; otros la consideraron una provocación absurda. Pero quizás la verdadera genialidad radicó en recordarnos que, para sanar nuestras fracturas sociales y mentales, primero debemos aprender a sentarnos en silencio frente a lo que nos asusta, escuchar con atención y, finalmente, aceptar que el mundo es mucho más grande y complejo que nuestras propias certezas.

El autor es doctor en educación, periodista y abogado.


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