Hay un olor invisible que recorre el mundo. No se percibe con los sentidos, pero impregna gobiernos, bancos, pantallas, discursos y estilos de vida. Es el olor del poder cuando se disfraza de progreso, del dinero cuando se vuelve un fin en sí mismo, del éxito cuando olvida el alma. Y lo más inquietante no es que existan quienes concentran poder y riqueza de forma excesiva —eso siempre ha ocurrido en la historia—, sino que muchas veces, sin darnos cuenta, los aplaudimos, deseamos parecernos a ellos, les cedemos nuestros sueños, nuestros votos, nuestra dignidad.
En diversos países del mundo —desde Panamá hasta Estados Unidos, desde Colombia hasta China, desde Europa hasta Oriente Medio— se percibe una tendencia que preocupa: estructuras de poder que, en lugar de servir a sus pueblos, terminan respondiendo a intereses de élite. Gobiernos que, atrapados en alianzas o inercias, se alejan del bien común. No todos, por supuesto. No todo es oscuridad. Pero sí es evidente que muchas personas buenas, con valores, permiten —por cansancio, miedo o desencanto— que los extremos se instalen en las cúpulas del poder.
Desde hace más de un siglo, algunos pensadores advertían que el capitalismo no es solo un sistema económico, sino que en sus formas más radicales puede parecerse a una religión sin redención: un culto al rendimiento, al consumo, a la acumulación. Pero como todo sistema, no es malo en sí mismo. De hecho, ha generado innovación, movilidad social y bienestar en muchos contextos. Lo que lo vuelve destructivo es el exceso, el desequilibrio, la idolatría del tener por encima del ser.
Panamá, por ejemplo, muestra esa dualidad: una ciudad que se alza con rascacielos y crecimiento económico visible, pero donde también persisten la corrupción estructural y una desigualdad que erosiona los vínculos sociales. En Colombia, la resistencia y la esperanza conviven con los enredos del poder político, el narcotráfico y la inequidad histórica. En Estados Unidos, el dinamismo creativo se entrelaza con una democracia que a veces parece rehén de grandes corporaciones. Y en China, el avance tecnológico y económico coexiste con una visión autoritaria del desarrollo.
En todos estos escenarios, lo que Sheldon Wolin llamó “totalitarismo invertido” comienza a hacerse visible: no se trata de dictaduras abiertas, sino de formas suaves pero efectivas de dominación, donde la economía condiciona la política y donde muchas decisiones se toman lejos de la ciudadanía.
A esto se suma una lógica sutil pero devastadora: el fetichismo de la mercancía, esa ilusión de que las cosas tienen valor por sí solas, ocultando las manos que las hacen y las vidas que las sostienen. Un objeto puede valer mil veces su costo real, y alguien lo comprará no por necesidad, sino por el símbolo que representa. No porque le haga falta, sino porque anhela lo que proyecta: estatus, éxito, pertenencia. Y ahí es donde la trampa se vuelve cultural.
No se trata de culpar a quienes prosperan ni de juzgar a quienes consumen. Todos lo hacemos. Todos estamos, de algún modo, inmersos en este sistema. Lo que nos preocupa —y por eso escribimos— es cuando dejamos de ver. Cuando confundimos libertad con obediencia al mercado. Cuando permitimos que la educación se rinda ante la publicidad. Cuando, sin querer, entregamos nuestra humanidad a cambio de etiquetas.
La buena noticia es que no todo está perdido. Nunca lo está. En medio de este escenario, aún hay espacio para la conciencia, para el despertar, para elegir otra forma de vivir. Si el sistema se sostiene por la repetición de hábitos inconscientes, también puede transformarse si elegimos lo contrario: consciencia, vínculo, medida. Si desde las familias, desde las aulas, desde los barrios, volvemos a enseñar —con el ejemplo— que hay cosas que no se compran ni se venden. Que hay valores que no caben en una transacción. Que la dignidad, el amor, el tiempo compartido, la palabra verdadera… son la base de cualquier sociedad verdaderamente humana.
Educar hoy no es solo enseñar a leer o sumar. Es enseñar a discernir. A mirar con profundidad. A resistir la banalidad del tener por el tener. A reconocer que el poder más grande es el de conservar la ternura en medio de la presión.
Tal vez no logremos cambiar el mundo mañana. Pero sí podemos comenzar por no dejarnos cambiar por él. Cada gesto humano, cada niño que aprende a pensar por sí mismo, cada abrazo que no se mide en likes, es una rendija por donde puede entrar otra lógica. Una rendija por donde la persona valiente y digna puede volver a caminar entre nosotros.
La autora es psicóloga y educadora.
