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El divorcio económico de las potencias

La relación económica entre Estados Unidos y China ya no se discute como comercio, sino como seguridad. Ese cambio de lenguaje vuelve “racional” lo que antes habría parecido un desperdicio: subsidios gigantescos, aranceles que encarecen, duplicación de cadenas de suministro y una política industrial permanente. El problema es que, cuando todo se vuelve estratégico, casi nada puede negociarse sin que alguien lo lea como derrota.

Existe un “divorcio desordenado” de un matrimonio que dejó de sostenerse en la conveniencia y pasó a regirse por la desconfianza. La palabra clave no es desacoplamiento, es sospecha. Washington y Pekín han decidido que el otro no es un socio difícil, sino un riesgo que puede apagar fábricas, frenar ejércitos o desestabilizar gobiernos.

Bajo esa lógica, la economía deja de ser un mecanismo para crear prosperidad y se convierte en un sistema de defensa. China asigna cifras colosales a la autosuficiencia en agricultura, energía y semiconductores. Estados Unidos responde con aranceles, presión a aliados —como la exigencia de retirar puertos a CK Hutchison en Panamá— y una Estrategia de Seguridad Nacional que redefine el comercio aceptable como el que no toca “factores sensibles”. El detalle importante es que “sensible” se expande con facilidad. Ayer eran chips avanzados; hoy son minerales; mañana puede ser cualquier componente que alguien conecte con una cadena militar o con una campaña electoral.

Ninguno quiere cortar todo el comercio, pero ambos actúan como si el objetivo final fuera depender lo mínimo posible del otro. Eso no es una tregua, es una transición hacia una relación más cara, más lenta y más frágil. Y, en política, lo caro se vende como patriotismo; lo frágil, como resiliencia.

En el Milwaukee del neonacionalismo de Trump, un cliente pide “cero exposición a China”. La frase suena contundente, pero en la práctica es un eslogan. Lo que ha pasado es que muchos bienes se transforman en piezas que viajan al Sudeste Asiático para su ensamblaje final. La dependencia no desaparece, se disfraza. Se cambia el mapa de rutas, no el fondo del problema: la estructura productiva global se construyó para optimizar costos, no para pasar auditorías geopolíticas.

Los aranceles elevan precios en algunos bienes minoristas y, aunque la inflación general “se mantenga relativamente estable”, la estabilidad agregada no consuela a quien paga más por productos específicos. Además, la relocalización hacia Estados Unidos es limitada y selectiva. Algunas piezas pueden repatriarse con capacitación y proveedores locales; otras, como las fundiciones intensivas en trabajo, siguen siendo difíciles de mover sin aceptar costos mayores o sin automatizar a gran escala.

La política comercial como herramienta industrial tiende a crear ganadores visibles y perdedores dispersos. Los ganadores dan entrevistas. Los perdedores ajustan márgenes, reducen variedad, posponen inversión o trasladan costos. En ese contexto, el “renacimiento manufacturero” de MAGA corre el riesgo de convertirse en una promesa que depende de subsidios, exoneraciones y campañas más que de productividad sostenida.

Y del lado chino, la respuesta tampoco es “menos comercio”, sino “más comercio con otros”. La inundación de bienes baratos hacia terceros países y el récord de superávit sugieren una salida conocida: si el gran comprador reduce, se compensa con el resto del mundo. Eso puede tensionar a Europa, América Latina y el Sudeste Asiático, que recibirán productos más baratos (dumping), sí, pero también presión sobre sus industrias y mayor fricción política.

La sección agrícola en este divorcio es la más reveladora porque muestra el punto donde la seguridad nacional se vuelve vida cotidiana. La soya no es un comodín cualquiera: sostiene el precio del cerdo y, con él, una parte de la estabilidad social china. Por eso Pekín paga subsidios enormes para cambiar cultivos, aunque el mercado diría otra cosa. No es eficiencia, es seguro contra crisis.

En semiconductores, la historia se repite con otro lenguaje. Si no se puede acceder a litografía avanzada, se apuesta por rutas alternativas como el apilamiento vertical. Puede funcionar, puede que no. Pero lo relevante es la señal: China está dispuesta a invertir más y por más tiempo para cerrar cuellos de botella, incluso si el camino es más largo. Y Estados Unidos, al permitir ventas de ciertos chips mientras retiene los más avanzados, intenta una cuadratura difícil: ganar dinero hoy sin fortalecer al rival mañana. Esa clase de equilibrio rara vez dura, porque cada permiso se lee como concesión y cada restricción como agresión.

En energía, la autosuficiencia se presenta como respuesta a vulnerabilidades externas. La conclusión incómoda es que el desacoplamiento no reduce riesgos, los redistribuye. Si China acelera la energía nuclear, hidroeléctrica y solar para no depender de importaciones, el mundo puede ganar capacidad limpia, pero también puede perder cooperación climática si la energía se vuelve otro frente de competencia.

El “divorcio” no termina en separación total. Termina en una nueva normalidad donde el comercio existe, pero condicionado por controles, alianzas preferenciales, subsidios masivos y rutas indirectas. La pregunta crítica no es quién gana el round, sino qué tipo de sistema global queda cuando las dos mayores potencias tratan la interdependencia como amenaza. En ese sistema, la eficiencia se castiga, la duplicación se premia y la política manda sobre la economía. Y cuando eso ocurre, el costo no se mide solo en dólares, sino en oportunidades perdidas y en un mundo menos capaz de coordinarse cuando de verdad importa.

El autor médico sub especialista.


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