El doble discurso de la moralidad cristiana en diciembre

El mes de diciembre marca para muchos el final de algo y el comienzo de otra cosa. En términos sociológicos, es una época de desfase, donde las sociedades señalan al año anterior como “culpable de muchos errores” y al que comienza como portador de cosas positivas. De allí la consigna “feliz año nuevo”.

Diciembre es el mes donde impera la “dictadura de la felicidad”, y mucho más si se tiene cómo gastar dinero ahorrado durante todo el año.

En muchos pueblos del interior, como el distrito de Sona, por ejemplo, se hace una pausa para prender luces y embellecer el nacimiento o el arbolito, para cumplir con el ritual religioso que para algunos resulta pagano.

Casi todas las casas tienen nacimiento y hasta se compite por ver quién tiene el más decorado y hermoso.

Sin embargo, en lo que no se compite es por quién ayuda más al prójimo.

Cada cual, en su zona de confort, hace sus compras para llenar su mesa con lo que estipula el “reglamento”, pero a nadie le importa quién pasa hambre la noche de Navidad o Año Nuevo.

Solo “miran por la ventana” y no se arriesgan a entrar en contacto con los “leprosos” que no han tenido la fortuna de tener una mesa llena de rosca de pan, jamón, manzana, licor y demás.

En las misas abarrotadas de diciembre en Sona, por ejemplo, todo el mundo es “hermano”, pero a la hora de invitar a comer a los que no tienen, el discurso toca fondo y se prefiere mirar hacia otro lado.

La familia consanguínea es importante como visita para hacer gala “de que no estuvimos” solos en Navidad o Año Nuevo, pero lo cierto es que mucha gente la pasa rodeada de “cuerpos familiares”, pero sola y vacía en cuanto a espiritualidad.

La diferencia entre los pueblos como Sona y la ciudad de Panamá es que, en esta última, hay muchos grupos y congregaciones religiosas. Incluso me ha tocado ver a personas que, por iniciativa propia, salen a repartir comida y regalos sin esperar nada a cambio.

Es posible que sea el fenómeno del “anonimato” de la gran ciudad, donde la solidaridad es mucho más necesaria por la creciente mendicidad.

Pero la verdad es que, en mi experiencia, tanto en el contexto rural como urbano, la cooperación y la ayuda suelen ser más pronunciadas en la ciudad. Quizá también porque la migración de fin de año suele darse de la ciudad al “campo” o al pueblo y, si tienes la casa “llena de visitas”, ¿para qué invitar a un “intruso de la calle” a que nos acompañe a la mesa?

Pero, con todo y eso, seguimos como de costumbre usando la “consigna de Jesús y los pobres” como si fuera otro producto para exhibir en Navidad y Año Nuevo. Qué pena y qué tristeza este “doble discurso”.

El autor es sociólogo.


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