Era miércoles a las 9 de la mañana cuando la vi entrar a la clínica. No hizo falta preguntarle cómo estaba. Su cara lo decía todo.—“Are, ¿qué te pasa?”—Arely, nuestra secretaria, llevaba tres días con un dolor de muela que no la dejaba comer, dormir ni concentrarse. Me contó lo que había vivido desde el domingo, y mientras la escuchaba, sentí cómo una rabia silenciosa me iba creciendo por dentro.
El lunes, a las 4 de la madrugada, ya estaba haciendo fila en la Policlínica de San Antonio para conseguir un cupo de urgencias con el odontólogo. La atendieron. El profesional la evaluó, pero le explicó que no podía hacer nada sin una radiografía panorámica. Hasta ahí, razonable. Lo que vino después, no.
Cuando Arely preguntó si podía realizarse el estudio en una clínica privada, la respuesta fue corta: si quería atenderse en la Caja del Seguro Social, la radiografía debía ser del Seguro Social. Le dieron dos opciones: las instalaciones de Calle 17 o de la J.J. Vallarino.
Arely fue a Calle 17. Allí le explicaron que debía madrugar para sacar cita y que las citas para ese estudio tenían una espera de aproximadamente dos semanas. Dos semanas. Con un dolor insoportable.
Regresó a su casa. Siguió tomando los analgésicos que le habían indicado. Empezó a automedicarse porque el dolor era más fuerte que cualquier indicación médica. Y el miércoles, con enorme dificultad, llegó a trabajar.
Cuando terminé de escucharla, hice algunas llamadas. En menos de una hora, tenía un odontólogo en una clínica privada dispuesto a verla. Arely confió en mí, entregó su dolor y su cansancio en manos de ese profesional, y el lunes siguiente ya estaba de vuelta en el trabajo.
Pero yo no pude seguir con mi día como si nada. Me quedé pensando en los miles de Arely que no tienen a alguien que llame por ellas, que no conocen a ningún profesional de la salud que pueda mover un hilo, que simplemente regresan a casa, toman lo que encuentran o lo que les recomienda el licenciado de farmacia y esperan que el dolor ceda, o que su cuerpo aguante.
Como médica, entiendo que no siempre podemos curar. Hay limitaciones reales en cualquier sistema de salud. Pero hay algo que sí podemos hacer siempre, y que cuesta aunque no se cobre: acompañar. Demostrar que el sufrimiento del paciente nos importa. No cerrar una puerta sin abrir otra. No despachar a alguien con dolor diciendo “así es como funciona esto” y dándole la espalda.
Lo que describe Arely no es un caso aislado. Es el día a día de cientos de miles de asegurados que pagan mes a mes su cuota y que, cuando más necesitan el sistema, se encuentran con burocracia, horarios rígidos, citas a semanas de plazo y profesionales que han normalizado la indiferencia. No porque sean malas personas, sino porque un sistema roto termina quebrando también a quienes trabajan dentro de él. Cuando la norma es la escasez y la burocracia, la compasión se convierte en un lujo que pocos se pueden permitir en el ejercicio diario de su trabajo.
El problema no es solo de recursos. Es también de empatía. De recordar por qué estamos en esto.
Escribo esto porque no encuentro otra forma de procesar la indignación. Y porque confío en que alguien que pueda tomar decisiones lo leerá y sentirá, aunque sea por un momento, lo que sintió Arely esos tres días: la desesperanza de llamar a una puerta que no se abre.
Arely merece mejor. Y con ella, los cientos de miles de asegurados que cada mes aportan a un sistema que, cuando más los necesita, les falla. Y nuestros niños, que también dependen de este sistema, merecen crecer en un país donde el dolor se atiende, no solo se administra la salud.
La autora es pediatra.


