En 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los Estados miembros de Naciones Unidas (ONU) adoptaron un amplio plan de acción global de 10 años para garantizar que todas las personas mayores puedan vivir una vida larga y saludable.
Este plan es conocido formalmente como la Década de Naciones Unidas para el Envejecimiento Saludable (2021-2030). “La Década” fue concebida para abordar el envejecimiento de la población y optimizar las capacidades intelectuales y vocacionales de las personas mayores. Tal esfuerzo captaría mejor los beneficios sociales, económicos y de salud de la edad, es decir, los dividendos de la longevidad, en todo el mundo.
“La Década” establece cuatro áreas de acción interconectadas: (1) cambiar nuestra forma de pensar, sentir y actuar respecto a la edad y al envejecimiento; (2) asegurar que las comunidades fomenten las capacidades de las personas mayores; (3) brindar atención integrada centrada en la persona y servicios de salud primaria que respondan a las necesidades de personas mayores, y (4) brindar acceso a atención a largo plazo cuando la necesiten.
Durante los últimos 100 años, la esperanza de vida ha aumentado significativamente en casi todas las naciones. A nivel mundial, la esperanza de vida al nacer mejoró de 32 años en 1900 a 73 años en 2019. Este aumento en la esperanza de vida refleja avances en la salud pública, la medicina y el desarrollo económico y social. Los años de vida adicionales tienen profundas implicaciones para las sociedades y ofrecen oportunidades sin precedentes para el desarrollo sostenible.
Por otro lado, el envejecimiento poblacional también contribuye a una serie de desafíos y preocupaciones, como la escasez de mano de obra, la carga social y los costos de la atención médica. Para abordar estos retos, se requieren acciones concretas, entre ellas, la gestión de enfermedades crónicas y mejoras de los servicios de atención sanitaria. Sin embargo, un obstáculo importante para lograr los objetivos de “la Década” es el edadismo, una forma de discriminación social por cuestión de edad.
Las personas mayores comúnmente son consideradas débiles, frágiles y desconectadas del entorno, y la evidencia de las ciencias conductuales indica que estas expectativas pueden llevarlas a tener un desempeño en tareas cognitivas y físicas inferior a su capacidad (Lamont RS et al., Psychol Aging 2015). Los grupos estigmatizados, ya sea por el color de piel, estatus socioeconómico o edad, obtienen peores resultados cuando se enfrentan a estereotipos negativos.
El fenómeno se conoce como “amenaza de estereotipo” y se formuló originalmente para analizar los estereotipos relacionados con la discriminación racial, pero el efecto resultó ser mucho más amplio. En estudios controlados, la amenaza por estereotipo puede perjudicar la memoria y el rendimiento físico de las personas mayores (Barber SJ, J Appl Res Mem Cogn 2020).
Igual de importante en los estereotipos sobre la edad es la autoevaluación negativa. Hay evidencia científica de que nuestra propia actitud sobre el envejecimiento es altamente predictiva de los resultados del mismo. Las personas mayores que se sienten una carga perciben que sus vidas son menos valiosas, lo que las pone en riesgo de depresión y aislamiento social.
Estudios longitudinales en Estados Unidos muestran que las personas mayores que tienen opiniones negativas sobre su propio envejecimiento se recuperan más lentamente de la discapacidad (Levy BR et al., JAMA 2012) y viven en promedio 7.5 años menos que las personas con actitudes positivas (Westerhof GJ et al., Psychol Aging 2023). Esta relación se mantiene aun ajustando por sexo y nivel socioeconómico.
La quinta ola de la “Encuesta mundial de valores” confirma que la actitud negativa respecto a la edad es extremadamente común (Officer A et al., Int. J. Environ Res Public Health 2020). Más de 83,000 personas en 57 países participaron en la encuesta que evaluó diversos temas, incluyendo las actitudes hacia las personas mayores en todos los grupos de edad.
De los 57 países incluidos, 34 fueron clasificados como moderados o altos en actitudes negativas acerca de la edad, y los peores niveles de edadismo se reportaron en países de bajos y medianos ingresos. Los resultados mostraron también que tener menos educación, ser más joven y ser hombre aumentaba significativamente las probabilidades de que un individuo tuviera actitudes discriminatorias por motivos de edad.
A nivel de país, la esperanza de vida saludable y la proporción de personas mayores de 60 años se asociaron de manera inversa con niveles de edadismo. Estos resultados resaltan los factores asociados al edadismo y dan luces respecto a qué debemos cambiar para mitigarlo.
Cuando alguien usaba la palabra “viejo/a” para describir a otra persona, mi madre solía preguntar de manera jocosa “¿viejo/a como quién?” Se refería a que la gran mayoría de personas no reconoce la variedad de capacidades de las personas mayores y suponen que todas son iguales.
Combatir el edadismo presenta una gran oportunidad para lograr un envejecimiento saludable, pero requerirá una nueva comprensión del envejecimiento y la adopción de normativa que pudiera impulsarla. Actualmente, existe la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Adultas Mayores, adoptada en 2015. Sin embargo, Panamá es uno de los países que no la ha ratificado. Es decir, no existen normas específicas que prohíban la discriminación por edad. ¿Qué tal si empezamos por ahí?
La autora es investigadora científica en el Centro de Neurociencias del Indicasat AIP e integrante de la Fundación Ciencia en Panamá
