Los detractores del libre mercado están empeñados en imponer una narrativa en la cual el libre mercado consiste en defender a los empresarios a cualquier costo, haciendo la economía un juego de suma cero, por medio de la privatización, los incentivos y los privilegios.
Entendamos que el libre mercado no defiende al empresario, sino al mercado. ¿Pero qué es el mercado? Como dijo Adam Smith, es la acción de la “mano invisible” para dirigir las acciones y decisiones dentro de una sociedad. Esta frase, malentendida por muchos o peor aún ridiculizada por sus detractores, es mucho más simple de lo que se ve, pero que tiene contenida en ella algo que quizás pocos han podido entender.
Al final, el mercado es la interacción continua de escasez, incertidumbre y deseos de millones de personas, que colaboran y se relacionan entre sí, para satisfacer sus necesidades más apremiantes. Es el orden espontáneo de millones de personas que, dada la creatividad, ingenio, y oportunidades, usan las herramientas (tierra, trabajo, capital e ingenio) para crear bienes y servicios que nos permitan una vida mejor. Donde el juego es un juego de suma, donde todos ganan. Quizás no igual, unos más que otros, pero las acciones interesadas de unos ayudan a otros sin haber sido ese el objetivo.
Por eso, lo que defiende el libre mercado es la libertad de poder interactuar y colaborar entre individuos, sin importar raza, credo o lugar de nacimiento, sin importar si es rico o pobre, si es cualificado o no. El fin último del libre mercado es, mediante reglas claras, sencillas y de carácter general, obtener las condiciones necesarias para que consumidores y productores puedan libremente competir, intercambiar y desarrollar habilidades mediante su perspicacia y creatividad. Permitiendo con un voto de confianza, premiar a los mejores para que satisfagan sus necesidades mediante menores precios y mejor calidad.
El libre mercado puede ser un lugar aterrador, está en constante cambio, donde el empresario debe estar siempre en competencia e innovando para no quedar atrás, arriesgando su capital, sus ahorros y su honor. Nunca nadie dijo que era fácil satisfacer a millones de personas. Al igual que otro ser humano, el empresario quiere estabilidad, quiere preservar su riqueza y su bienestar y una vez alcanzado un estado de “equilibrio” no está dispuesto a verlo perder o desmejorar su bienestar.
Muchos empresarios, pese a que el libre mercado sea su mejor aliado para el éxito, para la estabilidad y para su bienestar, muchos suelen actuar y atentar contra él. Es solo el instinto del ser humano por buscar seguridad hacia el futuro y garantizar su bienestar como cualquiera en esta Tierra. Es así como muchos piden proteccionismos, aranceles, regulaciones, y privilegios como mecanismos de defensa para evitar la competencia y preservar que su bienestar no se vea perjudicado.
Pero al final estas formas de actuar no son del libre mercado. Son de los individuos que actúan dentro de él y que distorsionan y corrompen al sistema. Estas formas de actuar contra el mercado terminan perjudicando a todos, dado que el conformismo conlleva a tener bienes y servicios de peor calidad, precios más altos, reduce la innovación y con ello el desarrollo económico y el bienestar.
Por ello, todo tipo de intervencionismo exacerbado por parte de los jugadores del mercado corrompe las reglas del juego, la moral y las formas de sus jugadores, creando un sistema de reparto de intereses y privilegios donde unos ganan a costa de otros, que nada tiene que ver con el libre mercado.
El autor es amigo de la Fundación Libertad, economista y estudiante de la Maestría de Análisis Económico.
