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El enroque del Rey en la casa de Trump

En la capital de un imperio que se despedaza entre el asombro y el berrinche, la escena de estos días fue un ejercicio de esgrima donde el acero se disfrazó de seda. En un rincón, Trump: el subastador gruñón que confunde la banda presidencial con una faja de concurso de belleza y el servicio público con una liquidación de activos. En el otro, Carlos III: soberano vitalicio con flema de arcángel y una conciencia ambiental que dejó al aire acondicionado de Washington sintiéndose culpable.

Solo faltó un tercer anglófono famoso, el León Prevost, otro soberano vitalicio y santo en ciernes que comparte con el británico la condición de ser una piedra eterna en el zapato de Trump y que no tiene aún plan para visitar a su compatriota importante.

Entre el ruido de quien gobierna por espasmo y la pausa de quien lo hace por herencia, la inteligencia es el refugio último. Carlos no necesitó llamar ignorante a Trump; le bastó con no parecerlo. Mientras el inquilino de la Casa Blanca se jactaba de haber salvado a Europa de hablar alemán —aludiendo a la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial—, el Rey ejecutó un enroque de ajedrecista: le recordó que Gran Bretaña salvó a los Estados Unidos de hablar francés. Fue una lección factual sobre la Guerra de los Siete Años, donde la conquista inglesa sobre la francesa definió el destino anglófono del Estado potencia.

El ADN del inglés que Carlos habita no es puro; es una sofisticada fusión de rigor germánico, abundante léxico francés, elegancia latina tras la conquista normanda y componente griego. Es, por definición, una lengua en contacto, concepto que a Trump le produce urticaria. Esa alergia quedó clara cuando el subastador llamó al español “su maldito idioma”. Carlos, sin embargo, conoce el jardín que custodia. El español no pidió permiso. Arribó a Florida en 1565, décadas antes de que el primer colono anglosajón supiera dónde quedaba el norte. Mientras los presidentuchos de naciones con peso hispanohablante callaban ante el insulto a su lengua madre, el Rey reivindicó ese mosaico vivo: un territorio donde patronímicos indígenas como Tallahassee o Mississippi conviven con el bautismo español de Los Ángeles o el rastro francés de Detroit.

La defensa de la Ñ no es tarea del Rey, sino del tiempo y de los soberanos de facto. Benito I, el Conejo Malo, dicta la pauta desde el trono de la cultura popular. El propio William, heredero británico, quien vivió en Chile, confía sus hijos a una niñera española y comprende que el futuro no es el aislamiento, sino la educación idiomática. Los pequeños príncipes habitan ya la segunda lengua de los Estados Unidos, que asciende imparable mientras el inglés de Nueva York se repliega.

En el clímax, Carlos lanzó su jugada maestra: la democracia es un jardín. El poder no es propiedad privada, sino un organismo que requiere contrapesos. Al citar la Carta Magna de 1215 y la Declaración de Derechos de 1689, dio al subastador una clase de civismo: el Ejecutivo debe estar limitado. Lo dijo frente a un hombre que se siente monarca, pero desprecia la ley, y ante un Congreso que mostró el ímpetu de quien acaba de descubrir el agua tibia. Carlos regresó a Londres con la gloria de quien somete el poder a la razón. Enroque perfecto.

El autor es periodista y filólogo.


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