A pesar de sus evidentes deformaciones en su conjunto y considerando las variables inevitables que la afectan, la democracia es el ideal basado en la soberanía de la voluntad popular a través de la participación de los ciudadanos en las decisiones de interés público.
La democracia es una forma de gobierno opuesta al absolutismo o la dictadura, basada en el reconocimiento de derechos colectivos. Constituye un remedio contra el autoritarismo y los abusos de poder al establecer la división de poderes en la administración pública (Ejecutivo, Judicial y Legislativo) para asegurar la independencia en el ejercicio del poder, aunque con una coordinación que permita su funcionamiento en armonía.
Un sistema de verdadera democracia está diseñado intelectualmente para contrarrestar la unanimidad que limita la deliberación y perpetúa dogmas inamovibles. La diversidad de ideas entre los ciudadanos fomenta un ambiente pluralista que no impide la identificación de intereses comunes. A través del debate, es posible descubrir puntos de acuerdo. Es crucial contar con una dirección que fomente la comprensión y la tolerancia. No se trata de estigmatizar las opiniones contrarias, sino de asimilarlas de manera realista, reconociendo su valor sin comprometer la verdad.
En Panamá, su incipiente democracia se ve afectada por distorsiones originadas en varios sectores, incluyendo un oficialismo que no necesariamente refleja la gestión gubernamental en sí misma, entidades de poder como el Tribunal Electoral y la peculiar conducta de la llamada oposición, que está compuesta principalmente por partidos políticos y organizaciones independientes. Estas entidades son conscientes de las irregularidades en las normas y reglamentos que buscan establecer un marco electoral, con prácticas incomprensibles como la postulación simultánea a múltiples cargos de distintos partidos políticos e incluso candidaturas independientes, así como alianzas sin coherencia entre postulantes y partidos con visiones y enfoques opuestos.
Se ha creado la falsa percepción de que la mera elección de autoridades nacionales es suficiente para legitimarlas. Sin embargo, estos procesos respaldados por el voto popular a menudo carecen de la transparencia necesaria y en muchos casos se ven comprometidos por prácticas clientelistas, como lo demuestran diversos escándalos en los que prominentes políticos se han visto involucrados. Estas deficiencias en la dirección electoral y la falta de transparencia han estado deteriorando el escenario donde se toman decisiones cruciales para la nación, como el poder legislativo, en particular.
Panamá, y por ende sus ciudadanos, deben enfrentar un nuevo desafío: el de seleccionar a nuevas autoridades de una manera no convencional distinta a cómo solían elegir a sus representantes. Ahora es necesario reconsiderar la actual oferta electoral, en la que los candidatos no se distinguen significativamente unos de otros y comparten similitudes en términos de conceptos liberales, populistas e incluso chovinistas.
El autor es economista, investigador y docente universitario
