“Cualquiera tiene licencia, pero no cualquiera sabe manejar”, es una frase que, con el paso de los días, cobra fuerza entre los conductores que a diario observan cómo algunos “licenciados” del volante actúan como ignorantes de la calle. Sin embargo, no quiero detenerme a juzgar las barbaridades de algunos conductores (que son la minoría), sino en enfocarme en un tema sensible de cultura y de profundo sentido ciudadano: los espacios reservados para las personas con discapacidad o movilidad reducida.
El literal p del artículo 178 del Decreto Ejecutivo N.° 160, que regula el tránsito vehicular en la República de Panamá, prohíbe el uso de estos espacios sin contar con la documentación requerida por la autoridad competente. El incumplimiento de esta norma acarrea una sanción económica de 300 dólares, según lo indica la Ley 15 de 2026, que modificó el artículo 56 de la Ley 42 de 1999.
Sin embargo, más allá de que exista o no una sanción y de la dureza de esta, creo que existe un tema muy significativo y es el de la sensibilidad humana. No es un espacio: es prioridad; no es un lugar: es oportunidad; no es un color: es respeto. Es respeto para quienes luchan día a día consigo mismos y contra los demás, y vencen sus miedos, conquistando sin temor su dignidad.
De allí que este no sea solo un tema de simple conocimiento, sino de acción, de conciencia y de solidaridad ciudadana. Es decir, es de conocimiento general que existen estos espacios exclusivos dedicados a personas cuya situación física no les permite incorporarse a la misma rutina dinámica que el resto de la población. No obstante, existen otras personas que, bajo los pretextos de “mientras tanto”, “es un mandado rapidito” o “solo es de entrada por salida”, utilizan, a su criterio, este recuadro azul y blanco. Pero ¿cuánto dura ese “mientras tanto”? ¿Cuánto dura ese “si no hay quien lo ocupe, yo puedo estar allí”? Es decir, no se trata de que, cuando no hay nadie, yo pueda utilizarlos “rápidamente”, sino de que estos espacios deben estar a plena disposición para quienes realmente los necesiten.
En conclusión, el respeto por estos espacios no debe comprenderse únicamente como una obligación legal respaldada por un documento, sino como una expresión de alta sensibilidad humana, de amor por el prójimo y de honradez en el volante.
El autor es docente.

