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El estado de sueños rotos

El estado de sueños rotos
Panamá somnoliente.

¿La vida que tanto presumimos es la misma en la cual pasamos de tres a cuatro horas atrapados en el embotellamiento de las calles? ¿Sin ver a nuestros hijos y sin poner atención a sus necesidades y a las nuestras?

La modernidad y su trágico estupor nos ha arrebatado nuestro tiempo, nuestro presente, nuestras familias y nuestros sueños. Se ha vuelto algo muy cotidiano que nuestras vidas se vean inmiscuidas en una vorágine de incertidumbres, miedos, caos, ausencias y estrés. En un país en donde el nerviosismo es algo del día a día, fuimos creciendo con el constante dolor de la corrupción del Estado y una falta de fe en los dirigentes de la República.

Todo esto nos arrojó a los brazos de la somnolencia ciudadana. Nuestro ir y venir, el creer que poco importa el impacto de nuestros actos, es una cuestión mucho más común hoy día. Se banaliza el respeto al tiempo de vida y se exige que se dé un pedazo de nuestra existencia para pagar impuestos, sobrevivir a la explotación laboral y atenerse a las relaciones dentro de la familia, en especial al núcleo principal de mamá, papá e hijos. El poco tiempo de convivencia, el estrés, el agotamiento y la rutina socavan los pilares del primer motor de aprendizaje social.

Las familias tienen hoy día poco que compartir, poco que hablar, poco tiempo para educar y dejan esa labor a las escuelas, pero las escuelas no están para enseñar lo que los padres no pudieron por falta de tiempo; las escuelas están para guiar solamente.

Los primeros parámetros de la estructura moral y ética de los niños son construidos en sus hogares, pero si sus padres pasan gran parte de sus vidas lidiando con el embotellamiento, el peso de su trabajo, la mala paga y el riesgo de no conseguir un trabajo estable, ¿qué estamos dejando como cimiento?

¿Qué tipo de estructura social estaremos construyendo?

Las personas se quedan sin metas y sin sueños. En las calles solo se pueden ver filas de autos; las personas, en sus teléfonos, intentan comunicarse con sus hijos, cónyuge o jefe. Se redujo el tiempo de interacción entre nuestros congéneres. El agotamiento es visible, pero debemos continuar con nuestras tareas cotidianas porque las cuentas no se pagarán solas. La vida en la ciudad es absorción de tiempo, fe, metas, emociones y vida. Pero, ¿qué pasa con los pueblos o pequeñas ciudades? La inestabilidad económica los vuelve pueblos fantasmas; inicia la migración en busca de mejores oportunidades, pero la vida es difícil y lo que queda es someterse a las exigencias del estrés y la ansiedad.

Hoy deberíamos tener muy en cuenta al filósofo Byung-Chul Han, ya que mucho de lo que ha plasmado en sus ensayos trata sobre nuestra problemática actual. En su ensayo filosófico titulado El aroma del tiempo, podemos leer este párrafo: “Ya no hay historia ni unidad de sentido que colmen la vida. La idea de la aceleración de la vida para su maximización es errónea. Si se observa con detenimiento, la aceleración se descubre como una inquietud nerviosa que da tumbos de una posibilidad a otra. Nunca se llega a la tranquilidad, es decir, a un final”.

Es más común hoy en día ver cómo las personas sucumben ante la modernidad en busca de un poco de calma y estabilidad, pero la modernidad solo devuelve más explotación, caos, aceleración y nerviosismo.

A pocos días de que inicien las clases, las escuelas se convertirán en guarderías, las calles se congestionan mucho más y el agotamiento se percibe en el aire como un aroma asfixiante. Pero el Estado poco piensa en ello, porque la costumbre arraigada es dejarle ese trabajo a alguien más.

Al final, los niños, los jóvenes, las familias, las empresas y la sociedad en general claudican ante la modernidad y sus exigencias.

El autor es diseñador y poeta.


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