¿El Estado somos todos? Esta pregunta nos invita a la reflexión ante las próximas elecciones electorales y las protestas que se han realizado en estos dos últimos años en Panamá.
Iniciemos pensando que la respuesta es sí, el Estado somos todos. Ahora habiendo dicho eso, pongamos el caso del contrato minero. Independientemente de si la disconformidad es por la minera y el medio ambiente o los términos y condiciones del contrato o la velocidad con que el Ejecutivo llevó el proyecto a la Asamblea y a su vez, el proceso expedito con que fue discutido en primer, segundo y tercer debate, se presenta la siguiente inquietud: si el Estado somos todos esto quiere decir que lo que el gobierno ha hecho no es injusto, sino que sería algo “voluntario” de parte de todos nosotros los individuos. Dicho de otra manera “nosotros nos impusimos este contrato” por “nuestro propio bien”.
Pero esto no tiene sentido, dado que la población en general se pronunció en contra del contrato la primera vez que se presentó a la Asamblea desde diferentes aristas ambientales, legales y económicas. De igual manera sería ilógico pensar que en el momento en que haya una protesta pacífica por el contrato, seamos “nosotros mismos” que reprimimos nuestro accionar.
Entonces, si el Estado no somos todos, ¿Quién es el Estado? En su libro la Anatomía del Estado, Murray Rothbard nos presenta una definición del sociólogo alemán Franz Oppenheimer, es la organización de los medios políticos; es la sistematización del proceso predatorio sobre un territorio determinado. Y ¿qué se considera este proceso predatorio? bueno también en el mismo libro nos brindan una definición de cómo se puede obtener la riqueza por dos medios que se excluyen mutuamente. Uno, el método de la producción y el intercambio voluntario, el segundo método, el robo mediante el uso de la violencia que se denominó el “medio político”. Este es el medio parasitario que utiliza el gobierno para subsistir y todo individuo, ya sea persona natural o jurídica que se beneficia por su relación con el gobierno, como, por ejemplo, cobrar un salario en el gobierno y no trabajar o desempeñar correctamente las funciones. Obtener una concesión de algún proyecto de cualquier índole porque tengo contactos en el gobierno, a pesar de que exista una empresa que pudiera hacer el proyecto a menor costo y más eficientemente.
Y si en general el Estado no somos todos y los dirigentes están buscando su propio beneficio a costa de la mayoría que trabaja y produce, ¿por qué no limitarlo y restar ese poder que posee?, Ese mismo poder que tiene para ir en contra del deseo de una nación y que no haya consecuencias aparentes. Ese mismo poder de tomar decisiones relevantes para el país a puertas cerradas. ¿Y cómo se logra eso?, reduciendo el tamaño del Estado con la cantidad necesaria para operar, como por ejemplo, reduciendo la cantidad de diputados en la Asamblea Nacional junto con su presupuesto. Eliminar posiciones que generan duplicidad de funciones como lo son ministros consejeros, que al fin y al cabo no son ministros ante la ley, solo de nombre y salario, promotores deportivos de las planillas de la Asamblea existiendo Pandeportes o saliéndose del Parlacen, de los cuales los diputados elegidos no han brindado ningún beneficio aparente. La lista sigue, pero podría ser un inicio a un país más productivo dado que el Estado, no somos todos.
El autor es analista económico y amigo de la Fundación Libertad.
