Me atrevo a decir que todos estamos hartos de la dichosa pandemia. Mascarillas, aislamiento, distanciamiento social, lavados de manos compulsivo, enjuague de zapatos, lavado de verduras y gel alcoholado, han sido algunos de los cambios que, durante casi tres años, nos han convertido en una especie de ermitaños socialmente aceptados. Palabras como cepa, variantes, covid, coronavirus, pandemia, hiperinflamación, trombosis, miocarditis, pericarditis, anosmia, aguesia y RNA, han pasado de ser términos de uso médico, a palabras propias de las conversaciones diarias de personas que nunca en su vida pensaron utilizarlas con tanta regularidad.
Hace unos días, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, dijo que “estamos ante el fin de la pandemia”... Como suele ser el caso en los medios, la segunda parte del comentario no fue considerado relevante. A pesar de que dejó muy claro que aún falta mucho trabajo por hacer, para decir que está completamente terminada esta aventura.
Es un hecho que la fase más terrible de la pandemia de covid-19 parece estar superada. Esos días de miles y miles de muertes alrededor del mundo, y cientos de miles de infectados diariamente, ya nos parecen lejanas. Sin embargo, estamos hablando de un total “oficial” de más de seiscientos millones de casos y seis millones y medio de personas fallecidas, aunque según algunas estadísticas, se considera que el total de fallecimientos directos o indirectos como consecuencia de la pandemia, pudieran alcanzar más de quince millones. Para poner esos números en contexto, estamos hablando de más o menos la misma cantidad de muertes en tres años, que las ocasionadas por el holocausto durante la segunda guerra mundial en cinco. Desde la pandemia de gripe aviar de 1918, que cobró unos cincuenta millones de vidas alrededor del mundo, no se había dado ninguna otra enfermedad con tantas muertes en su estadística.
Pero, aunque la que llaman “fase fulminante” parece haber quedado atrás, aún hay más de 500 muertos diarios por covid-19, y es mucha la gente que aún falta por vacunar. Como ejemplo, en Estados Unidos se ha vacunado solamente el 67% de la población, y de esos la mitad solo han recibido un refuerzo, lo cual representa que tienen inmunidad incompleta. Mientras a nivel global la vacunación no tenga mejor cobertura, hablar del final de la pandemia, pudiera ser un poco prematuro.
En la mayor parte de los países, las medidas de prevención epidemiológica como mascarillas, confinamientos y distanciamiento social, se han ido dejando de considerar obligatorias, para pasar a ser voluntarias. Aún así, dada la forma de transmisión por aerosoles, es recomendable que, en sitios de gran aglomeración de personas, lugares de atención de salud y sitios cerrados como los aviones, se siga considerando adecuado el uso de mascarillas, que ya está claro reducen la transmisión del virus.
Pero lo más importante después de lo que hemos vivido los últimos tres años, es que hayamos aprendido cómo abordar las siguientes pandemias que seguramente seguiremos enfrentando en el futuro. Si no corregimos lo que se ha hecho mal, todo este sufrimiento no habrá servido de mucho.
Lo más importante, es que toda la aversión a la ciencia y a lo que de ella surja, no sea rechazada radicalmente por una proporción tan alta de la población. La estupidez humana llega al punto, que han convertido las variantes virales, la vacunación y la implementación de medidas de salud pública, en un tema político. En una estadística reciente de Estados Unidos, se hacía evidente como los estados predominantemente demócratas tienen porcentajes de vacunación mucho más altos que los de predominio republicano. Todo esto, como si los virus estuviesen inscritos en los partidos, y su comportamiento dependiera de la ideología de al gente.
Igualmente, los movimientos anti-vacunas han sido parte importante de la discusión alrededor de la pandemia. Que haya médicos que se opongan a la vacunación, basados en argumentos absolutamente imbéciles, solo demuestra lo poco que se entiende cómo funciona el método científico en que se supone debe basarse su forma de pensar. Que se cambien las recomendaciones sanitarias en el tiempo, no demuestra contradicciones. Demuestra que se está siguiendo la evidencia que la ciencia va desarrollando conforme avanza la pandemia. Esa capacidad de autocorrección implícita en el método científico, es justamente lo más grandioso de todo ese proceso. En los tres años de pandemia, según la base de datos Pubmed, se han publicado casi 300 mil estudios sobre el tema. Un hito sin precedentes en el mundo científico en tan corto tiempo. De allí, han surgido las guías y recomendaciones que han permitido reducir significativamente el número de casos y las muertes asociadas a la infección por covid-19.
A estas alturas, aunque parece que ya hemos pasado lo peor, no debemos olvidar que hay que mantenerse alertas por la posible aparición de nuevas variantes, que pueden volver a aumentar el número de casos. La recomendación ideal sería completar el esquema de vacunación, preferiblemente con las nuevas vacunas bivalentes cuando estén disponibles, que sigamos considerando el uso de mascarillas en sitios de riesgo de contagio y que, ante síntomas que sugieran la enfermedad, estemos vigilantes para detectar casos que pudieran complicarse, principalmente en personas de alto riesgo.
Ojalá los humanos hayamos aprendido de las oportunidades de aprendizaje que nos ha ofrecido la pandemia, aunque personalmente tengo mis dudas. Para muestra, el presupuesto del estado panameño para 2023, reduce el financiamiento de la Biblioteca Nacional, la Universidad, el Instituto Gorgas, Senacyt e Indicasat, mientras se aumenta el presupuesto de la Asamblea. Dicho esto, los comentarios sobran...
El autor es cardiólogo.

