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El futuro de Panamá

Nuestros países, Estados Unidos de América y Panamá, han sido socios históricos y estratégicos. Son más las cosas que nos unen que las que nos separan. Es importante un encuentro de nuestro presidente Mulino con el presidente Trump o el secretario de Estado Marcos Rubio para corregir políticas erráticas que se han dado, como el acceso injustificado otorgado a China en las áreas canaleras y el manejo de los fondos del Canal. Esto, a mi juicio, no debe ser un sometimiento ni afectar nuestra autodeterminación como pueblo, sino una estrategia inteligente dentro del nuevo escenario mundial para evitar una confrontación mayor y buscar una solución beneficiosa para ambos países.

Evidentemente, todo indica que la reacción del presidente Trump obedece a la presencia china en Panamá, decidida unilateralmente por el expresidente Juan Carlos Varela. Esto representa un riesgo geopolítico para Estados Unidos. Para nosotros, los panameños, dicha presencia es desfavorable, pues ni siquiera pagan impuestos y buscan controlar nuestro territorio.

Por otra parte, la situación se agrava debido al mal manejo de los fondos públicos en Panamá, incluyendo la exagerada deuda externa y el hecho de que los beneficios del Canal no llegan al pueblo, sino a unos pocos. Además, la impunidad y la corrupción imperantes desde que el Canal nos fue revertido demandan un cambio radical.

Ya nadie cree en discursos nacionalistas; es irreal e inadecuado enfocar este tema como si aún viviéramos en los tiempos de Omar Torrijos, cuando se luchaba contra el neocolonialismo y se defendía el concepto de los países no alineados. Hoy en día, la polarización divide a quienes defienden la libertad, la dignidad, la propiedad y la familia concebida por Dios, y aquellos que apoyan la cultura “woke”, el socialismo moderno y la corrupción.

Ha llegado el momento de tomar definiciones claras: Panamá debe posicionarse como una aliada estratégica en la defensa de los mismos valores que Washington y apelar a esa relación para consolidar nuestra posición, mejorar nuestra economía y proyectar una imagen favorable frente a los inversionistas, sin perder nuestra soberanía.

No debemos golpearnos contra la pared, sino realizar los correctivos necesarios para enderezar nuestras relaciones con nuestro socio tradicional y poner orden en la casa. Es imperativo que la impunidad de los corruptos criollos, que nos endeudaron y tomaron las ganancias del Canal, llegue a su fin. Aún estamos a tiempo, y confío en que, si nos unimos con fe en Dios, el Altísimo puede cambiar las circunstancias a nuestro favor, dándonos la gracia, sabiduría y favor necesarios. Recordemos que la providencia divina actúa recto a través de líneas curvas, y todo esto podría conducir al adecentamiento que tanto anhelamos.

Dios salve a la República de Panamá e ilumine a nuestro presidente.

La autora es abogada.


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