A solo días para las elecciones, y luego de tener que escuchar discursos vacíos, promesas irrealizables, obsesiones con otros contrincantes, solo queda preguntarse, ¿dónde quedó el debate de altura?
El gran ausente de esta campaña es la generación de debate serio y responsable sobre el rumbo que recientemente ha tomado el país, es poder debatir, discutir y crear conciencia de las circunstancias en las que estamos y la necesidad y urgencias de las reformas estructurales que requiere Panamá, para enderezar el rumbo y evitar caer al precipicio y a ese círculo vicioso que vive constantemente América Latina, y que por suerte Panamá ha logrado escapar, hasta ahora.
Ningún candidato ha logrado hablar más allá de cosas superficiales e incluso de forma populista y demagógica sobre temas que requieren reformas, educación, salud, sistema de justicia, mercado laboral, sectores económicos, Caja del Seguro Social, finanzas del Estado. Todas estas, y alguna más que se me escapa en el momento, solo han sido debatidas de forma mediocre y evadiendo el debate en profundidad. ¿Por qué?
La razón es que el político panameño es similar a aquellos políticos latinoamericanos de las décadas de 1980 y 1990, a los que Mario Vargas Llosa identifica magistralmente en su ensayo Manual del perfecto idiota latinoamericano. El político panameño es un individuo sin nada que aportar, carente de ideología o con miedo a mostrar sus verdaderos principios e intenciones, donde sus propuestas son basadas no en la búsqueda de las soluciones sean populares o no, de aquello que requiere solventarse, sino en aquello que les gusta a las masas o a lo que ellos les encanta llamar “pueblo”.
Eso es lo que hemos tenido en estas elecciones que, para quien escribe, parece que son las peores que ha tenido Panamá desde el retorno a la democracia, y no creo que sean las últimas así de mal. Esto se debe a que evadir la discusión y el debate sobre aquello que requiere con urgencia cambios y reformas no está siendo tomado en cuenta ni en los debates ni en las propuestas de los diferentes candidatos.
El político prefiere evadir esos temas por miedo a perder votos, pero los ciudadanos también tienen miedo a de saber que años de no ser responsables, de una borrachera de gastos de recursos por parte del Estado para aparentar un nivel de bienestar y de vida, que no hubiésemos tenido y que se logró a base de derroche, deuda y subsidios, hoy nos pasan factura y nadie quiere asumir la cuenta.
Si bien es cierto que el ajuste debe ser asumido por el Estado y, por ende, el gobierno como ente administrador del Estado, nunca sabremos cuál será el costo si sigue ausente el debate de ideas y propuestas de calidad, y no impere la mediocridad y superficialidad que se presentan apenas unos días antes de la elección.
El autor es miembro de la Fundación Libertad.
